"Cuando el amor se enfría"
- IB La Molina

- 8 jul
- 4 min de lectura
"Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados." Hebreos 12:15

Quiero continuar con las enseñanzas de la serie "¿Quién cuida el corazón de la mujer que cuida a todos?". Durante muchos años de ministerio he descubierto que las mujeres solemos cuidar a nuestros hijos, a nuestro esposo, a nuestros padres, a la iglesia y a tantas personas más; sin embargo, con frecuencia descuidamos nuestro propio corazón. Y un corazón descuidado termina siendo un terreno fértil para el resentimiento.
Permítanme compartir una experiencia de consejería que marcó profundamente mi manera de entender este tema. Siempre que atiendo a una persona tengo una libreta donde escribo su nombre y algunos aspectos importantes de la conversación. Antes de hacerlo, siempre le pido permiso para tomar algunas notas sobre sus preguntas, sus luchas y aun sus quejas.
Recuerdo una de mis primeras experiencias como consejera. Llegó una señora que me superaba ampliamente en edad. Desde el inicio me dijo que la diferencia de años no sería un problema porque lo que valoraba era el conocimiento de la Palabra de Dios. Respiré profundamente y comencé simplemente a escuchar su corazón. Ese día estaba muy afectada por un problema específico con su esposo. La palabra que resumía su dolor era desconsideración. Ella estaba profundamente desilusionada. Conversamos durante más de una hora, estudiamos algunos principios bíblicos, oramos juntas y se fue. Yo me sentí aliviada porque pensé que aquella primera consejería había sido provechosa. Sin embargo, la semana siguiente regresó. Abrí nuevamente mi libreta y anoté otro problema diferente: abuso de parte del esposo; sufrimiento de parte de ella. Volvimos a orar y pensé que ahora tendría más claridad respecto a su respuesta delante de Dios. Pero las semanas siguieron pasando. Cada vez que ella llegaba, yo escribía una nueva lista. Mi libreta comenzó a llenarse con frases como: "Ella dice que su esposo es: desconsiderado, abusivo, mentiroso, infiel, iracundo, flojo, fatalista, impaciente, desconfiado, malvado."
Y al lado de esa descripción escribía cómo ella respondía a cada una de esas heridas: tristeza, enojo, frustración, desesperanza, lágrimas, deseos de abandonar el matrimonio.
Con el tiempo mi libreta tenía casi veinte páginas describiendo, una por una, todas las injusticias que ese hombre había cometido durante años. Entonces comprendí algo que jamás olvidé: Las personas amargadas llevan la cuenta de sus heridas.
Ella sentía que tenía un expediente perfectamente organizado que justificaba su enojo. Pero mientras escuchaba orando y pidiendo sabiduría, entendí que el problema más urgente ya no era solamente el pecado del esposo. Era el estado del corazón de ella. Estaba lleno de resentimiento. Y el resentimiento es una de las emociones más peligrosas que puede albergar una mujer. Es una amargura que se puede ir almacenando durante años hasta convertirse en una forma de vivir. Por eso Hebreos 12:15 nos advierte:
"Mirad bien... que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados."
Tengo un pequeño jardín en mi departamento del segundo piso, sembré flores coloridas, pero cuando ellas empiezan a dar sus lindas flores, al lado creció la mala hierba más alto que las flores con el fin de matarlas, yo nunca sembré eso, ellas estaban escondidas y trabajaron debajo de la tierra con ese fin. Las raíces de la mala hierba no eran notorias. Permanecieron ocultas creciendo silenciosamente para arruinar mi jardín. Así también sucede con la amargura. Comienza como una pequeña ofensa no resuelta, una decepción, una palabra hiriente, una traición o una injusticia. Si no se lleva a la cruz, empieza a echar raíces hasta dominar toda la vida emocional.
"Que toda amargura, indignación, ira, resentimiento, riñas, calumnias y toda clase de malicia sean desterradas de vosotros."
Dense cuenta según dice el texto que el resentimiento nunca llega solo, porque de inmediato aparecen junto con la ira, las peleas y las palabras hirientes. ¿Qué significa realmente la amargura? La palabra griega que se traduce como amargura es pikría, derivada de pikrós, que significa "amargo". De esta misma raíz proviene el nombre del ácido pícrico, un compuesto químico conocido por ser altamente explosivo.
¡Qué ilustración tan impresionante! Así como el ácido pícrico puede destruir todo lo que encuentra a su paso, la pikría del corazón humano también explota destruyendo matrimonios, familias, amistades e iglesias.
La amargura nunca permanece encerrada únicamente dentro de quien la siente. Siempre termina contaminando a otros porque es una raíz de mala hierba o cizaña que siembra el maligno para destruirnos. (Mateo 13:28).
Por eso Hebreos dice que "muchos son contaminados". La mujer amargada deja de interpretar la vida desde el amor y comienza a interpretarla desde el dolor. Todo lo filtra a través de la herida. Las palabras más inocentes le parecen ataques. Los silencios le parecen rechazo. Las acciones de los demás siempre tienen una mala intención. Una persona así con el paso del tiempo desarrolla una actitud áspera, irritable, desconfiada y poco misericordiosa. Los comentaristas bíblicos describen la pikría como un estado permanente de animosidad que vuelve a la persona agria, malhumorada, difícil de tratar y con palabras cargadas de veneno. Hermanas amadas la amargura es exactamente lo opuesto a la dulzura del Espíritu Santo. La amargura se alimenta de recuerdos, como la mujer resentida de mi historia, ella no se volvió amargada de un día para otro. Su amargura se desarrolló lentamente mientras alimentaba su ira.
Por eso el resentimiento termina convirtiéndose en una prisión. Imagínate caminar por la vida tomando nota de los agravios de otros, ¿qué dice Dios al respecto?
"El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia."
Muchas veces confesamos el pecado de quien nos hirió, pero nunca confesamos nuestro resentimiento. Sin embargo, el Señor quiere sanar ambas cosas. Quizá no puedas cambiar el corazón de tu esposo. Quizá él aún necesite arrepentirse delante de Dios. Pero hoy sí puedes entregar tu corazón para que Cristo quite esa raíz que lleva años creciendo en silencio. Porque cuando el resentimiento gobierna el corazón, el amor comienza a enfriarse. Y cuando el amor se enfría, dejamos de reflejar el carácter de Cristo.
Continuará...con amor
Martha Vílchez de Bardales




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