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Cuando todo queda lejos, Dios sigue cerca

Foto del escritor: IB La Molina
IB La Molina
hace 7 días
4 min de lectura

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” Jeremías 29:11

El exilio fue una experiencia muy dolorosa para los israelitas. Tuvieron que dejar atrás su tierra, sus casas, sus familias, sus costumbres y todo aquello que conocían y amaban. Babilonia no era el lugar que ellos habían escogido; sin embargo, allí estaban. Y fue precisamente allí, en medio del desarraigo, que Dios les habló. Dios quería enseñarles algo que también nosotros necesitamos recordar: podemos estar lejos de nuestra tierra sin estar lejos de Dios.

En mi familia también hemos vivido la experiencia de tener seres queridos lejos. Tengo hermanos mayores que salieron hace muchos años del Perú, con sus familias; sobrinos que no veo desde hace mucho tiempo. Pero, sin duda, una de las experiencias que más me ha tocado el corazón fue cuando mis dos hijas también se fueron de casa. Los que nos quedamos sentimos profundamente la ausencia. La casa cambia, las rutinas cambian y hay momentos en los que extrañamos hasta las cosas más pequeñas. Pero con el tiempo he comprendido que para quienes se van tampoco es fácil. Porque dejar el lugar al que pertenecemos no significa simplemente cambiar de dirección; muchas veces significa enfrentar un profundo proceso de desarraigo.

El desarraigo ocurre cuando físicamente hemos cambiado de lugar, pero emocionalmente todavía estamos tratando de descubrir dónde pertenecemos. Y eso puede traer nostalgia, soledad, comparación, culpa por haber dejado a los padres, dificultades en las relaciones familiares e incluso preguntas espirituales como: “Señor, ¿por qué me trajiste aquí?”

Quizás algunos de ustedes han hecho esa pregunta. Pero en medio de esa realidad, Dios les dio una palabra a los exiliados:

“Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos.” Jeremías 29:5

Es como si Dios les estuviera diciendo: “No dejen de vivir mientras esperan regresar.” No les dijo: “Quédense mirando hacia atrás todos los días”. Les dijo: construyan, planten, habiten, formen una vida allí donde están. Porque aunque Babilonia no era el lugar que ellos habían escogido, Dios seguía estando con ellos allí. 

Y quizá esa es una de las verdades que necesitamos recordar cuando vivimos lejos de nuestra tierra: Dios no se quedó en el lugar que dejamos. Dios fue con nosotros.

Es legítimo extrañar nuestra tierra, llorar por los padres que envejecen lejos, por los hermanos que no vemos, por los sobrinos que crecen sin nosotros y por las celebraciones familiares que nos perdemos. Pero una cosa es extrañar la vida que dejamos y otra es rechazar la vida que Dios nos permite construir ahora. 

Me sorprende decirlo pero debo aconsejar a los que sueñan con su patria: No conviertas la nostalgia en una prisión. Quizás todavía amas profundamente tu país de origen, pero también puedes aprender a amar y bendecir el lugar donde Dios te ha plantado.

Dios también les dijo a los exiliados:

“Procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová” (Jeremías 29:7).

No debían vivir solamente preguntándose qué podían recibir de aquella tierra, sino qué podían aportar en ella. Como creyentes, no estamos llamados solamente a buscar trabajo, estabilidad o una vida mejor; estamos llamados a ser luz, servir, vivir con integridad, cuidar a otros y orar por la ciudad donde Dios nos ha colocado. Quizás Dios no solamente te llevó a otro país para darte un futuro; quizás también llevó contigo el evangelio.

Y cuando no entendamos el camino, recordemos las palabras: “Yo sé”. Ellos no sabían cuánto duraría el exilio, qué pasaría con sus hijos ni cómo terminaría aquella historia. Pero Dios sí lo sabía. Tal vez tú tampoco sabes qué hará Dios con todo lo que has vivido, pero puedes confiar en que Él sí lo sabe.

Jeremías 29:13 dice: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” Tu migración no tiene que alejarte de Dios; puede acercarte más a Él. Puedes tener una casa nueva y seguir sintiendo nostalgia, pero tu verdadero hogar y tu seguridad no están determinados solamente por una dirección. Están en Cristo.

Por eso, si hoy estás lejos de tu tierra, no pienses que estás lejos de Dios. Si tu familia quedó lejos, entrégasela a Él. Si todavía lloras lo que dejaste, permite que Dios sane tu corazón. Y si Dios te ha plantado aquí, no vivas solamente esperando volver: florece donde Dios te plantó.

Quizás saliste de tu país buscando un futuro, pero Dios puede estar usando tu camino para darte algo más profundo: una nueva experiencia de su presencia, un nuevo propósito y una nueva oportunidad de ser bendición. Podemos tener nostalgia y tener gratitud. Podemos extrañar a nuestra familia y, al mismo tiempo, construir una nueva etapa. Podemos llorar por lo que dejamos y también agradecer a Dios por lo que encontramos. Aunque estés lejos de casa, nunca estás lejos de Dios.

Con amor a quienes construyeron su hogar en otro lugar, pero llevan a los suyos en el corazón.

Martha Vílchez de Bardales




 
 
 

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