Heme aquí, envíame a mí

"Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí." Isaías 6:8

Cuando aún no había terminado mi etapa escolar, sentí una fuerte vocación de dedicar mi vida al Señor. Era maestra de Escuela Dominical en un antiguo barrio de Lima, y la relación que fui desarrollando con mis alumnos despertó en mí un profundo sentido de responsabilidad. Comencé a comprender que enseñar la Palabra de Dios no era solamente una actividad que realizaba, sino un llamado que Dios estaba poniendo en mi corazón.
Por eso, al terminar la secundaria, ingresé al seminario con el deseo de prepararme para servir al Señor. En aquel momento no podía imaginar que Dios también había llamado, con la misma voz, a un jovencito llamado Miguel. A los dos nos alcanzó ese llamado de Cristo: “Deja lo que haces, ven y sígueme”.
Dejarlo todo para seguir al Señor y poder decirle: “Heme aquí, envíame a mí” ha marcado nuestras vidas durante más de cincuenta años. Ha sido un camino de aprendizaje, de servicio, de pruebas, de alegrías y, sobre todo, de experimentar una y otra vez la fidelidad de Dios.
Con el paso de los años he comprendido algo que considero fundamental: el llamado de Dios no comienza cuando Él nos envía, sino cuando nos encontramos con Él. Antes de enviarnos a hacer algo para Él, Dios quiere encontrarse con nosotros, transformar nuestro corazón y enseñarnos a depender de Él.
Cuando miro hacia atrás, puedo reconocer que aquel llamado que comenzó siendo apenas una inquietud en el corazón de una joven maestra de Escuela Dominical era, en realidad, la voz de Dios guiando mi vida. Y puedo decir, con humildad y gratitud, que no he sido yo quien ha sostenido el llamado durante todos estos años; ha sido el Señor quien me ha sostenido a mí.
Hay una escena en la Biblia que siempre me ha impactado profundamente. Isaías 6 nos cuenta que Isaías tuvo una visión de la santidad de Dios. Vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y escuchó a los serafines proclamar: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”. Y cuando Isaías contempló la santidad de Dios, no pensó inmediatamente en el ministerio ni en lo que podría hacer para Dios. Lo primero que hizo fue reconocer su propia condición: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…”
Es interesante que Isaías no dijo: “¡Aquí estoy, Señor, úsame!”. Primero dijo: “¡Ay de mí!”
Antes de enviarlo, Dios trató con su vida. Uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar y tocó sus labios, diciéndole: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.”
¡Qué hermoso! Antes de usarlo, Dios lo limpió. Primero hubo convicción de pecado, después perdón y limpieza, y finalmente llamado y entrega. Y solo después de esto Isaías escuchó la voz del Señor:
“¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” Entonces respondió: “Heme aquí, envíame a mí.” Isaías 6:8
Muchas veces me he sentido como Isaías. También me he preguntado: “¿Por qué yo, Señor? ¿Por qué me escogiste a mí? Yo no soy digna de ser tu sierva.” Y cuanto más he comprendido quién es Dios, más consciente he sido de mis propias limitaciones, de mis errores y de cuánto necesito de su gracia. Pero he descubierto algo: Dios no busca personas perfectas; busca corazones rendidos. La obra no depende de nuestra capacidad, sino de su gracia. Y muchas veces ha sido precisamente en esa humillación, cuando he reconocido que no soy suficiente, que Dios me ha permitido experimentar su poder y me ha usado de maneras que yo jamás hubiera imaginado.
Esta semana Miguel y yo viajaremos para predicar la Palabra en varias ciudades fuera de nuestro país. Y algunas veces nos preguntan: “¿Cómo han podido conocer tantos países? ¿Cómo han hecho? ¿Tienen tanto dinero?” Yo me quedo callada, porque la verdad es que a mí también me asombra. Cuando miro hacia atrás, veo que Dios nos ha llevado a muchos lugares donde humanamente no hubiéramos podido llegar. No teníamos todos los recursos. No sabíamos cómo lo haríamos. Pero un día simplemente dijimos: “Heme aquí”. Y Dios se encargó del camino.
No hemos ido porque tuviéramos grandes posibilidades económicas. Hemos ido porque un día estuvimos dispuestos a responder al llamado de Dios. Los recursos, las puertas y las oportunidades han venido después. Quizá hoy tú también te preguntas: “¿Por qué yo, Señor?” Tal vez te sientes incapaz, pequeño o indigno. Recuerda a Isaías. Dios no ignoró su pecado; lo confrontó, lo limpió y luego lo envió. La gracia que nos perdona es la misma gracia que nos capacita para servir. No necesitas sentirte suficiente para decirle sí a Dios. Necesitas reconocer que Él es suficiente. Y cuando Dios pregunte: “¿A quién enviaré?” Que podamos responder, aunque sea con temor, aunque no sepamos cómo será el camino:
“Aquí estoy, Señor. Heme aquí. Envíame a mí.” Porque cuando ponemos nuestra vida en las manos de Dios, no necesitamos conocer todo el camino. Solo necesitamos estar dispuestos a dar el siguiente paso. Él se encargará de llevarnos a donde Él quiere que vayamos.
Con amor:
Martha Vílchez de Bardales




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