Dulce oración

“Y cuando oréis, no uséis vanas repeticiones, como hacen los gentiles, que piensan que por sus muchas palabras serán oídos.” Mateo 6:7

Uno de los recuerdos más maravillosos de mi niñez sucedió en mi propia casa. No sé qué edad tendría, pero una madrugada desperté después de una pesadilla. Busqué consuelo y vi que del cuarto de mis padres salía una pequeña luz. Era la lamparita de noche que iluminaba, en primer lugar, la Biblia. Me asomé y allí estaba mi padre, de rodillas, orando al pie de su cama. Aquella escena se repetía muchas madrugadas. Pero hay un recuerdo que quedó grabado de una manera especial en mi corazón. Una vez me enfermé y me desmayé. No sé cuánto tiempo había pasado cuando desperté. Al abrir mis ojos, nuevamente vi a mi padre: estaba de rodillas, esta vez al pie de mi cama, orando por mí. Quizá yo no entendía mucho de teología cuando era niña, pero entendí algo que nunca olvidé: orar era acercarse a Dios. Por eso, cuando leo las palabras de Jesús: “no uséis vanas repeticiones”, no las percibo como un rechazo a la oración, sino como una invitación a descubrir lo que realmente significa orar. Jesús no está diciendo que debemos orar poco. Tampoco está diciendo que no debemos insistir delante de Dios. Nos está enseñando que muchas palabras no hacen que nuestra oración sea más poderosa. Dios no es sordo. Dios no es olvidadizo. Dios no necesita que repitamos una petición una y otra vez para convencerlo de que nos escuche. Él ya conoce nuestro corazón. El Salmo 139 lo expresa de una manera preciosa:
“Oh Jehová, tú me has examinado y me conoces. Tú sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; tú entiendes mi pensamiento desde lejos…Aun antes de que la palabra esté en mi lengua, he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”
Entonces, ¿para qué oramos si Dios ya sabe lo que necesitamos? Porque la oración no existe para informarle algo a Dios; existe para acercarnos a Dios. La palabra que Mateo utiliza para “vanas repeticiones” es "battologeo", y transmite la idea de hablar sin sentido, balbucear, repetir mecánicamente palabras una y otra vez. Jesús estaba confrontando la idea pagana de que la cantidad de palabras podía obligar a una divinidad a responder. ¡Qué diferente es nuestra relación con Dios! No tenemos que convencerlo de que nos ame. No tenemos que cansarlo con nuestras palabras. No tenemos que encontrar una fórmula perfecta para conseguir su atención. Podemos venir como hijos. Y esto es especialmente importante para nosotras, las mujeres.
A veces pensamos que no sabemos orar porque no encontramos las palabras correctas. O escuchamos orar a alguien con tanta fluidez que comenzamos a compararnos y pensamos: “Yo no sé orar así”. Pero la oración no es un concurso de palabras. Tal vez hoy solamente puedas decir: “Señor, ayúdame.” Y Dios entiende.
Tal vez puedas llorar delante de Él sin conseguir pronunciar una sola frase. Y Dios entiende. Tal vez tu oración sea: “No puedo más.” Y Dios entiende. Tal vez solamente puedas decir: “Gracias, Señor.” Y Dios recibe ese corazón agradecido. La oración verdadera incluye sumisión, confesión, petición, súplica, intercesión, alabanza y acción de gracias. Pero por encima de todo, es relación. Por eso me gusta pensar que la oración es derramar el corazón delante de Aquel que ya conoce todo lo que hay dentro de nosotros. No oramos para que Dios sepa lo que necesitamos. Oramos porque necesitamos a Dios. Él conoce nuestras necesidades incluso antes de que las pronunciemos. Y Jesús mismo nos enseña que nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad. Por eso podemos acudir a Él con la sencillez de un niño. Recuerdo nuevamente a mi padre de rodillas al pie de mi cama. No recuerdo cuánto tiempo oró. No recuerdo todas las palabras que dijo. Pero sí recuerdo lo que aquella escena produjo en mí. Me hizo sentir segura. Y quizá eso es lo que muchas veces necesitamos recordar: no tenemos que impresionar a Dios con nuestras oraciones. Tenemos que acercarnos a Él.
Mis padres cantaban con frecuencia un hermoso himno que se convirtió también en parte de mis recuerdos de infancia: “Dulce oración, dulce oración, que aliento y gozo al alma das, en esta tierra de aflicción, consuelo siempre me serás…” Hoy comprendo mucho más profundamente aquellas palabras.
La oración ha sido mi refugio en momentos de angustia, consuelo en mis tiempos de dolor, dirección cuando no sabía qué hacer y una manera de derramar delante de Dios aquello que nadie más podía comprender.
Y algún día llegará el momento en que ya no necesitaremos orar. No porque la oración haya perdido su valor, sino porque estaremos delante de Aquel a quien hoy buscamos por medio de ella. Veremos al Señor cara a cara. Por eso, mientras estamos aquí, no dejemos que la oración se convierta en un ritual, una obligación o una repetición sin corazón. No necesitas muchas palabras para orar bien. Necesitas un corazón dispuesto a acercarse a Dios. Si hoy no sabes qué decir, comienza sencillamente: “Padre, aquí estoy.” Y derrama delante de Él tu corazón. Porque la oración no es una competencia de palabras. La oración es el privilegio de hablar cara a cara con nuestro Padre celestial. Y qué maravilloso será aquel día cuando, al verlo cara a cara, podamos despedirnos de esta dulce oración.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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