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Invitación rechazada

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • 17 abr
  • 3 min de lectura

Actualizado: 18 abr

“Jesús respondió con la siguiente historia: Un hombre preparó una gran fiesta y envió muchas invitaciones. Cuando el banquete estuvo listo, envió a su sirviente a decirles a los invitados: “Vengan, el banquete está preparado”; pero todos comenzaron a poner excusas.” 

Mateo 22:1-3

A lo largo de nuestra vida como siervos de Dios hemos acudido a tantas bodas que, debo confesar, ya no recuerdo a cuántas novias he aconsejado antes de la ceremonia nupcial. Me encantan las bodas, participar de esta ocasión es ver el milagro de cuando dos se convierten en uno, así que si me invitan voy feliz. 

Jesús contó una parábola sobre una gran fiesta de bodas. Todo estaba preparado: la comida, el ambiente, la alegría, era una invitación especial, hecha con anticipación y con amor. Pero cuando llegó el día, los invitados comenzaron a rechazarla. Uno se fue a su trabajo, otro a sus negocios, otros simplemente no le dieron importancia, y algunos incluso reaccionaron con desprecio. Entonces esos invitados ¿eran realmente amigos de los novios? ¿Por qué despreciar una invitación tan importante? 

Los invitados no prestaron atención a la invitación, fueron indiferentes, le restaron importancia, no hicieron caso de la doble invitación ni a las ofertas, no estaban interesados, lo ignoraron, reconocieron la oferta, pero la ignoraron y decidieron no acudir a la invitación. 

No se trataba solo de una fiesta, sino de estar con el rey, de compartir su alegría, de ser parte de algo especial, pero ninguno aceptó. Cuando alguien dice “no” a una invitación de parte de Dios, no solo está rechazando un momento, está perdiendo una relación, una cercanía que no se reemplaza con nada más.

Esos invitados fueron llamados porque eran importantes, porque había un lugar preparado para ellos. Pero al poner sus ocupaciones por encima de la invitación, dejaron pasar algo mayor. Muchas veces no es que estemos haciendo cosas malas, sino que lo urgente termina ocupando el lugar de lo eterno, y ahí es donde perdemos el rumbo.

Todo ya estaba listo, preparado para ser disfrutado. Pero no lo vivieron, no porque no existiera, sino porque no quisieron ir. Así pasa muchas veces: Dios dispone cosas buenas, momentos, oportunidades, pero si no respondemos, simplemente no las experimentamos.

La invitación tenía su tiempo. No era para siempre. Cuando los primeros dijeron que no, otros ocuparon su lugar, y la fiesta se llenó sin ellos. Eso nos recuerda que hay oportunidades que no vuelven de la misma manera.

Hoy la invitación sigue siendo hecha. No en forma de una fiesta visible, pero sí en cada llamado a acercarnos a Dios, a cambiar, a amar más, a perdonar, a escuchar su voz. La pregunta es si estamos respondiendo o si estamos demasiado ocupados para darnos cuenta.

Las iglesias de hoy siguen invitando, invitan a estudiar la Palabra, invitan a leer un post bíblico, invitan a desayunos, cenas, cultos especiales, etc. etc. Y al igual que los invitados de esta parábola muchos siguen poniendo excusas para no acudir.

¿Te imaginas a uno de esos elegidos que al ver la invitación del Rey dijera: 'Que el rey haga lo que quiera con sus bueyes y sus animales engordados; yo voy a ocuparme de mi granja o de mi mercancía'”.

Como leemos en la parábola las justificaciones que los invitados pusieron no eran cosas malas, un hombre fue a su hacienda; el otro, a su negocio. No se entregaron a una juerga desenfrenada ni a una aventura inmoral. Se dedicaron a la excelente tarea de administrar eficientemente su vida laboral. Pero priorizaron sus negocios y allí estuvo el error.  Es muy fácil estar tan ocupados con las cosas del presente que se olvidan las de la eternidad, tan absortos en lo visible que se olvidan lo invisible, tan pendientes de las exigencias del mundo que no se oye la suave invitación de la voz de Cristo. La tragedia de la vida es que, a menudo, lo mediocre excluye a lo mejor, podemos estar tan ocupados con la administración y la organización de la vida que olvidamos al Autor de la vida misma.

Podemos orar: Señor, que no seamos de los que escuchan tu llamado y lo dejan pasar. Danos un corazón dispuesto, atento, que sepa reconocer tu invitación y responder a tiempo. Que no cambiemos lo eterno por lo pasajero, ni tu presencia por nuestras ocupaciones. Amén.

Con amor:

Martha Vílchez de Bardales


 
 
 

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