La fe comienza en casa
- IB La Molina
- hace 3 horas
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"Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo." 1 Timoteo 5:8.

Cuando leemos este versÃculo, casi siempre pensamos en la responsabilidad de proveer el sustento material para la familia. Y esa interpretación es correcta. En su contexto, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes a no desentenderse de las necesidades de los suyos. Un cristiano que puede ayudar a su familia y decide no hacerlo contradice con sus acciones la fe que dice profesar. Pero mientras meditaba en este pasaje, el Señor puso una pregunta en mi corazón: si Dios considera tan grave dejar a nuestra familia sin el alimento que sostiene el cuerpo, ¿no será aún más grave dejarla sin el alimento que da vida al alma? Después de todo, el pan de hoy sostiene la vida por un tiempo; pero la verdad de Dios sostiene la vida eterna. Vivimos en una sociedad que constantemente nos dice que ser buenos padres consiste en darles a nuestros hijos la mejor educación, una vida cómoda, experiencias inolvidables, una buena autoestima y todo aquello que pueda hacerlos felices. Sin duda, muchas de estas cosas son valiosas y forman parte de nuestra responsabilidad. Sin embargo, ninguna de ellas constituye la provisión más importante. Como madres cristianas, estamos llamadas a mirar a nuestros hijos con la mente de Cristo. Nuestra prioridad no es solamente prepararlos para triunfar en este mundo, sino para vivir para la eternidad. Sin embargo, la realidad de muchas familias cristianas está muy lejos del modelo que Dios estableció. El Señor ordenó: "Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes." Deuteronomio 6:7. La enseñanza de la Palabra debÃa impregnar la vida diaria del hogar. No era una actividad ocasional, sino el ambiente en el que los hijos debÃan crecer. Pero hoy el devocional familiar, la fidelidad al congregarse semanalmente y el dar a Dios el primer lugar en la vida del hogar han sido reemplazados por actividades que el mundo considera más importantes. Muchas parecen inofensivas, pero poco a poco han desplazado a Dios del centro de la familia.Â
La vida sin Dios ha entrado en muchos hogares cristianos porque los propios padres le han abierto la puerta. Sin darse cuenta, han enseñado a sus hijos que casi todo es negociable. Lo que antes era una convicción bÃblica hoy se considera una preferencia personal; lo que antes era obediencia ahora se llama legalismo. Después escuchamos a muchos padres preguntarse por qué sus hijos se han alejado tanto de Dios y porque contradicen la fe, pero los hijos no solo aprenden de lo que les decimos; aprenden, sobre todo, de lo que ven vivir en nosotros.
La Biblia enseña que la mayor herencia que podemos dejarles no es una cuenta bancaria, una profesión o una propiedad, sino una fe genuina. Es enseñarles a amar, temer y obedecer a Dios. Como dijo el Señor al enviar a Pablo:
"...para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mÃ, perdón de pecados y herencia entre los santificados." Hechos 26:18.
Mostrarles con nuestro ejemplo que Cristo es el centro del hogar; enseñarles Su Palabra; orar con ellos y guiarlos a conocer al Salvador es una herencia que nadie podrá quitarles. Un hijo puede crecer rodeado de comodidades y, sin embargo, vivir espiritualmente vacÃo. Pero un hijo que aprende desde pequeño a caminar con Dios posee un tesoro que lo acompañará toda la vida.
Quisiera compartirles un testimonio personal. Crecà en un hogar de padres cristianos. No fueron perfectos, pero sà fueron padres que temÃan al Señor. Esa fue la mayor riqueza que recibà de ellos. Cuando mis tres hijas llegaron a la adolescencia, muchas veces tuve que tomar decisiones difÃciles. El Señor me recordó el ejemplo que habÃa recibido y me dio la convicción de que no debÃa criar a mis hijas gobernada por el miedo. Si hubiera cedido cada vez que ellas reclamaban hacer lo que deseaban, habrÃa sacrificado principios eternos por una paz momentánea. Hubo ocasiones en que ellas pensaban que sus decisiones eran las mejores. Sin embargo, por amor a ellas, mantuvimos los lÃmites que Dios establecÃa. Pusimos la valla alta, no porque desconfiáramos de nuestras hijas, sino porque confiábamos en la sabidurÃa de Dios más que en los sentimientos del momento. Como toda familia, hemos pasado por momentos difÃciles y algunos baches en el camino. Pero las tres reconocen que obedecer a Dios siempre fue el mejor camino. Y esa convicción vale mucho más que cualquier comodidad que hubiéramos podido ofrecerles. Hoy, cada una tiene su propia familia y esa semilla de temor a Dios sigue creciendo.
Que el Señor nos conceda sabidurÃa para no gastar todas nuestras fuerzas proveyendo lo temporal mientras descuidamos lo eterno. Alimentemos el cuerpo de nuestros hijos, sÃ; pero, sobre todo, alimentemos su alma. Que cuando ellos recuerden su infancia, no piensen únicamente en los bienes que recibieron, sino en la fe que vieron vivir en casa; en unos padres que amaban a Cristo de verdad; y en el camino hacia el Salvador que les enseñaron con su ejemplo. Porque esa será siempre la provisión más grande que un padre y una madre pueden dejar a sus hijos.
Con amor
Martha VÃlchez de Bardales
