"La huella que no se borra"
- IB La Molina

- hace 3 días
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“El Señor conoce la vida de los íntegros, y su herencia perdura por siempre. En tiempos difíciles no serán avergonzados; en épocas de hambre tendrán abundancia.” Salmos 37:18-19

Mis padres ya descansan en la Presencia de Dios, y a diferencia de muchas familias que se quedan huérfanas y reciben herencias de posesiones, la herencia que obtuve no fue al final de sus días en esta tierra, sino que fue un bello regalo diario.
El Salmo 37 habla claramente sobre la prosperidad de los que temen a Dios y su Palabra, en los versos se ilustra desde varios puntos de vista, y con especial referencia a la experiencia del salmista que la mejor herencia es la que da una vida de temor a Dios.
La herencia que dejamos a nuestros hijos no siempre se mide en bienes materiales, propiedades o posesiones acumuladas al final de la vida, sino en aquello que sembramos día a día en sus corazones. El Salmo 37:18-19 nos recuerda:
“El Señor conoce la vida de los íntegros, y su herencia perdura por siempre; en tiempos difíciles no serán avergonzados, y en días de hambre tendrán abundancia”.
Esta promesa no solo habla de provisión, sino de una herencia mucho más profunda: una vida formada en el temor de Dios, sostenida por Su fidelidad y marcada por Su cuidado constante.
Al mirar hacia atrás, muchos podemos reconocer que la herencia más valiosa no fue algo recibido al final de los días de nuestros padres, sino ese regalo continuo que se nos entregó en forma de ejemplo, fe, valores y confianza en Dios.
El salmista, desde su experiencia, afirma que nunca ha visto a los justos desamparados ni a sus hijos mendigando pan (Salmos 37:25-26). Esta declaración no es solo una observación, sino una verdad espiritual: la justicia, el temor a Dios y la dependencia de Él generan una herencia que permanece, que trasciende el tiempo y que alcanza incluso a las siguientes generaciones.
Cuando el texto dice que su herencia será para siempre, nos invita a mirar más allá de lo temporal. No se trata únicamente de estabilidad en esta tierra, sino de una promesa eterna: aquellos que viven en integridad delante de Dios reciben una herencia segura, duradera y bendecida por Él. En contraste, la aparente prosperidad de los impíos es pasajera, pero la de los justos tiene raíces eternas. Por eso, no hay razón para envidiar ni inquietarse, porque Dios conoce cada circunstancia, cada prueba y cada necesidad de los suyos, y en su perfecta sabiduría sostiene, fortalece y provee.
Por eso, cada día dejamos huellas en la vida de nuestros hijos. En cada palabra, en cada decisión, en cada acto de fe o de incredulidad, estamos construyendo una herencia. No solo formamos su carácter, su personalidad o su manera de vivir, sino que sembramos algo que puede trascender generaciones. La pregunta no es si dejaremos herencia, sino qué tipo de herencia estamos dejando.
Que sea una herencia de fe, de confianza en Dios, de integridad y de esperanza eterna. Una herencia que no se desgaste con el tiempo, sino que perdure para siempre bajo la gracia y la fidelidad del Señor.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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