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La resignación, cuando el corazón pierde la esperanza

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • 13 jul
  • 5 min de lectura

“Tan cierto como el Señor tu Dios vive respondió ella, no me queda ni un pedazo de pan; solo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro. Precisamente estaba recogiendo unos leños para llevármelos a casa y hacer una comida para mi hijo y para mí. ¡Será nuestra última comida antes de morirnos de hambre!” 1 Reyes 17:12

Hay algo que he descubierto en mi propia vida. Aun después de conocer cientos de promesas bíblicas, de haber visto la fidelidad de Dios durante décadas y de haber enseñado a otros a confiar en Él, también he experimentado momentos en los que el corazón se cansa de esperar. Cuando las respuestas parecen demorarse, la oración no produce cambios inmediatos y las circunstancias permanecen iguales, es posible caer silenciosamente en la resignación. No es que dejemos de creer que Dios existe; simplemente dejamos de esperar que Él intervenga en nuestra situación. Por eso vuelvo una y otra vez a la historia de la viuda de Sarepta. Ella no tenía absolutamente nada. No era una mujer de Israel. No conocía el pacto de Dios con Abraham. No había crecido escuchando la Ley de Moisés ni las promesas dadas al pueblo escogido. Sin embargo, precisamente a esa mujer, extranjera, viuda y desesperanzada, Dios decidió sorprenderla con Su gracia.  La historia comienza con una aparente contradicción. Dios envió al profeta Elías a Sarepta de Sidón, precisamente el territorio de donde provenía Jezabel, la reina que estaba promoviendo la adoración a Baal y persiguiendo a los profetas del Señor. Humanamente era el último lugar donde esperaríamos encontrar refugio para el hombre de Dios. Sin embargo, Dios ya había preparado a una mujer para participar en Su plan. Aquella mujer era fenicia. Había nacido y crecido en una cultura completamente pagana. Probablemente desde niña había adorado a Baal y a Astarté, como todos en su pueblo. Había sido formada en una religión que prometía fertilidad, lluvia y prosperidad, pero que no podía darle esperanza cuando llegó la sequía. La muerte de su esposo la había dejado sola con un hijo pequeño. La misma sequía que castigaba a Israel también azotaba Fenicia, pues aquella región dependía en gran medida del trigo que provenía de Israel. La crisis había llegado a su punto máximo. Solo quedaba un puñado de harina y un poco de aceite. 

Entonces apareció Elías pidiéndole agua y luego pan. La respuesta de la mujer  sigue siendo la respuesta resignada de muchas mujeres el día de hoy: 

"Será nuestra última comida antes de morirnos."

Esta respuesta revela el estado de un corazón sin esperanza, ella ya no tenía un plan para el día siguiente, menos tenía una expectativa de milagro, tampoco sabía orar al verdadero Dios, solo le quedaba resignación. Su proyecto de vida se había reducido a recoger dos leños, preparar la última comida para su hijo y esperar la muerte.  Eso es exactamente lo que hace la desesperanza. No siempre produce rebeldía; muchas veces produce resignación. La persona deja de luchar porque ya no espera que nada cambie.

Les abro mi corazón. En más de una ocasión, cuando me ha costado reconocer que estaba cayendo en esa condición, he disfrazado la resignación con un lenguaje muy espiritual. Me decía a mí misma: "Sólo estoy aceptando la voluntad de Dios", "Debo someterme a su designio", "Tengo que renunciar a hacer mi propia voluntad", o "Debo dejar de ser terca y dejar de pelear con mis propias fuerzas". Sin embargo, al examinar mi corazón delante del Señor, descubrí que no siempre se trataba de una verdadera rendición a Su voluntad. A veces, era simplemente una manera de justificar que la esperanza se había ido apagando. Había dejado de creer que Dios aún podía intervenir y transformar aquello que parecía imposible.

Sigamos con la viuda de Sarepta, fíjense que ella dijo "Como vive el Señor tu Dios..." No dice: "mi Dios". Ella reconoció que Elías pertenece a un Dios vivo, pero todavía no lo conoce como su propio Dios. Reconocía Su existencia, pero aún no confiaba en Él. Y aquí encontramos una diferencia muy importante. La esperanza bíblica nace del conocimiento de Dios. Quien no conoce realmente al Señor solo puede interpretar la vida desde las circunstancias visibles. Si el aceite se acaba, todo terminó. Si la harina disminuye, ya no hay futuro. Si la enfermedad avanza, no queda esperanza. Pero quien conoce a Dios aprende que los recursos nunca limitan al Dios que los creó. Quizá por eso muchas mujeres llegan a vivir resignadas. Algunas conocen historias bíblicas, asisten a la iglesia e incluso sirven a otros, pero en el fondo aún no conocen profundamente el carácter de Dios. Cuando las pruebas se prolongan, la fe comienza a apagarse y la esperanza se convierte en resignación. Y, sin embargo, esta historia no termina con la resignación de la viuda. Dios envió a Su siervo precisamente hasta aquella casa donde ya no había esperanza. No fue la fe de la mujer la que inició el milagro; fue la gracia de Dios la que fue a buscarla. Antes de que ella creyera, Dios ya había preparado el encuentro. Antes de que pudiera imaginar un futuro, Dios ya tenía una provisión esperándola. Así obra nuestro Señor. Él no espera que tengamos una fe perfecta para acercarse a nosotros. Muchas veces nos encuentra cuando solo nos queda un puñado de harina y un corazón agotado. Llega cuando hemos dejado de esperar. Llega cuando pensamos que ya no hay salida. Y allí, donde nosotros vemos el final, Él comienza una nueva historia.  Pensando en la serie que comencé hace algunas semanas sobre, ¿Quién cuida el corazón de una mujer que cuida de otros", quizá ese sea uno de los corazones más enfermos que puede tener una mujer que cuida de muchos: un corazón resignado. Sigue sirviendo, sigue trabajando, sigue cuidando de su familia, sigue ministrando, pero por dentro ha dejado de esperar que Dios haga algo nuevo. Hermanas amadas, queridas amigas, hoy el Señor sigue buscando mujeres como aquella viuda. Mujeres cansadas, agotadas, sin fuerzas y sin esperanza, para enseñarles que la última palabra nunca la tiene la escasez, la enfermedad, la crisis matrimonial, la pérdida de un ser querido, la depresión o las dificultades económicas. La última palabra siempre la tiene Dios. Y cuando Él llega a una casa, un puñado de harina puede convertirse en provisión diaria; un poco de aceite puede no agotarse jamás; y un corazón resignado puede volver a aprender a esperar.

Con amor:

Martha Vílchez de Bardales

P.D. Mañana seré intervenida quirúrgicamente y permaneceré internada algunos días. Por ello, les pido que me acompañen con sus oraciones. Tengo la plena confianza de que Dios tiene el control de todas las cosas y que su mano estará guiando todo. Gracias por sus oraciones, su cariño y su compañía. Confío en que muy pronto, si Dios lo permite, volveré a compartir con ustedes las meditaciones que tanto disfrutamos. ¡Que el Señor les bendiga!


 
 
 
IB La Molina

Av. 7, 580 La Molina

Av. La Molina 2810 CC. Rinconada

Email: secretariaiblamolina@gmail.com

Celular: +51 998 392 869

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