Mi presencia irá contigo y te daré descanso
- IB La Molina

- hace 3 días
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"Moisés le dijo: Si no vas a acompañarnos, no nos pidas que salgamos de aquí. Acompáñanos, y seremos diferentes de los otros pueblos de esta tierra. ¿Cómo van a saber los israelitas que tú confías en mí, si no vienes con nosotros? Dios le respondió: Está bien, voy a acompañarlos, porque realmente te amo y confío en ti." Éxodo 33:15-17 TLA

Hoy vivimos tiempos donde muchas personas conocen de Dios, pero pocas conocen verdaderamente su presencia. Existe una gran diferencia entre: saber de Dios, servir a Dios, hablar de Dios, y caminar íntimamente con Él. Muchos conocen sus promesas, escuchan su palabra y participan en actividades espirituales, pero muy pocos cultivan una relación profunda y constante con su presencia.
Éxodo 33 nos confronta con una verdad fuerte: se puede avanzar en el propósito y aun así estar lejos del corazón de Dios. El pueblo de Israel tenía promesa, dirección y milagros. Habían sido testigos de cosas sobrenaturales que otras generaciones nunca verían. Sin embargo, Dios les dijo algo estremecedor:
“Yo enviaré mi ángel delante de ti… pero yo no subiré en medio de ti.”
Podían llegar al destino y aun así perder lo esencial. Israel acababa de vivir una temporada extraordinaria. Habían salido de Egipto con mano poderosa. Vieron las plagas, cruzaron el mar, caminaron en seco, comieron maná del cielo, bebieron agua de la roca y fueron guiados por nube de día y fuego de noche. Tenían evidencia visible del poder de Dios. Pero mientras Moisés estaba en el monte, el corazón del pueblo reveló lo que realmente había dentro. Levantaron un becerro de oro y comenzaron a adorar aquello que ellos mismos habían fabricado. Dios había dado instrucciones a los hebreos para construir un santuario para que él residiera entre el pueblo. En cambio, su nación elegida hizo un becerro como representación física de la presencia de los dioses. Por eso Jehová amenazó con quitarles el verdadero símbolo de su presencia. Ellos no dejaron de creer en Dios totalmente; quisieron reemplazar su presencia por algo visible, cómodo y controlable. Y ese sigue siendo uno de los mayores peligros espirituales: sustituir la presencia viva de Dios por una religión que luce espiritual, pero está vacía. Dios mantuvo su promesa de llevarlos a la tierra, pero anunció algo alarmante: Él no iría en medio del pueblo.
No toda actividad espiritual significa cercanía con Dios. Se puede estar muy ocupado en asuntos espirituales y al mismo tiempo tener el corazón lejos. Orar por costumbre, servir por responsabilidad, predicar, cantar o participar activamente en una congregación no garantiza intimidad. La actividad puede continuar aun cuando la relación se haya enfriado. La actividad no siempre es comunión; a veces es una rutina sostenida sin encuentro verdadero.
Moisés entendió que de nada servía llegar al lugar prometido si Dios no iba con ellos. Para él, lo más valioso no era recibir algo, sino seguir cerca de quien se lo daba. A veces pensamos que lo más importante es que Dios nos responda, nos abra puertas o cumpla lo que esperamos. Pero Moisés enseñó otra cosa: se puede tener lo que se pidió y aún así sentir el corazón vacío si la presencia de Dios no está ahí. Lo que hace diferente a una persona no son solo las bendiciones que tiene, sino que Dios camine con ella cada día. Porque una casa, un trabajo, una familia o una respuesta pueden llegar; pero nada de eso llena como la paz, la dirección y la compañía de Dios. En otras palabras: no se trata solo de llegar a la promesa, sino de no perder a Dios en el camino. Porque lo más precioso no es lo que Él da, sino tenerlo a Él cerca.
¿Estoy buscando solamente lo que Dios puede dar, o estoy buscando a Dios mismo? Porque es posible acostumbrarse a recibir respuestas y dejar de anhelar su presencia. Y cuando eso pasa, uno puede seguir avanzando por fuera mientras por dentro se ha alejado. La mayor bendición nunca fue la tierra, ni la victoria, ni la obra: siempre ha sido su presencia permaneciendo en medio de su pueblo. Imaginen a una persona que lleva años orando por una casa. Le pide a Dios, ayuna, clama, y finalmente la consigue. Está feliz porque recibió la bendición. Pero después, deja de buscar a Dios como antes. Ya no ora con ese deseo, ya no busca su presencia, ya no depende de Él; solo disfruta lo que recibió. Entonces, aunque tiene la casa, perdió algo más importante: la cercanía con Dios. Eso pasa muchas veces. Alguien ora por un esposo, por un trabajo, por un hijo, por sanidad… y cuando llega la respuesta, se enfoca tanto en el regalo que deja de buscar al que se lo dio. Moisés entendió que la bendición no era solo llegar a la tierra. La bendición más grande era que Dios siguiera caminando con ellos. Porque puedes tener cosas buenas y aun así sentirte lejos de Él.
Acércate a la Presencia de Dios, humíllate de rodillas delante de Él, busca esa intimidad que Dios quiere tener contigo, eso es lo más grande que puedes hacer todos los días.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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