"Más que llevarlos al templo"
- IB La Molina

- 26 mar
- 2 min de lectura
“Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová.” 1 Samuel 2:12

Como padres, es natural desear lo mejor para nuestros hijos, especialmente en su vida espiritual. Muchas veces pensamos que al llevarlos al templo estamos cumpliendo con Dios y asegurando su bienestar. Sin embargo, a lo largo del tiempo, esta idea puede convertirse en una forma superficial de vivir la fe, donde lo externo sustituye lo esencial. Dios no solo nos llama a asistir, sino a vivir una relación sincera con Él, que también se refleje en nuestro hogar y en la manera en que guiamos a nuestros hijos cada día.
El pasaje de 1 Samuel 2:12–25 nos presenta una historia fuerte y confrontante, que nos muestra cómo jústamente unos hijos crecieron en el templo pero sus corazones jamás temieron a Dios: los hijos del sacerdote Elí, Ofni y Finees, servían en el templo, pero no conocían realmente a Dios.
La Escritura dice claramente que eran hombres impíos y que “no tenían conocimiento de Jehová”.
Ellos crecieron en un ambiente espiritual privilegiado. Estaban rodeados de sacrificios, enseñanzas y servicio a Dios. Sin embargo, su corazón estaba lejos. Usaban su posición para beneficio propio, despreciaban las ofrendas y vivían en pecado. No había temor de Dios en ellos, solo apariencia religiosa.
Esto nos deja una verdad profundamente importante: estar cerca de lo sagrado no es lo mismo que tener una relación con Dios. Elí, su padre, era sacerdote. Sin duda les habló, los corrigió e incluso los reprendió cuando escuchó de su mal comportamiento. Pero su corrección fue débil y tardía. No logró formar en ellos un corazón que amara y temiera a Dios. Y esto tuvo consecuencias trágicas.
En contraste, vemos otra familia en el mismo contexto: Elcana y Ana. Ellos vivieron en fidelidad, y su hijo Samuel creció conociendo a Dios de verdad. Aquí vemos que Dios honra la fe genuina y bendice a quienes le buscan con sinceridad.
Este contraste nos confronta como madres hoy. Podemos llevar a nuestros hijos a la iglesia, enseñarles versículos, e incluso involucrarlos en actividades espirituales, pero eso no garantiza que ellos conozcan a Dios personalmente. La fe no se hereda automáticamente; debe ser experimentada.
Nuestros hijos necesitan más que información: necesitan transformación. Necesitan ver en nosotras un ejemplo real de amor por Dios, una vida de oración, obediencia y arrepentimiento sincero. Necesitan ser guiados no sólo con palabras, sino con una vida que refleje a Cristo.
La historia de los hijos de Elí nos recuerda que no podemos delegar la formación espiritual de nuestros hijos. Es una responsabilidad que Dios ha puesto en nuestras manos. No basta con acercarlos al templo; debemos acompañarlos a encontrarse con Dios.
Pidámosle al Señor sabiduría, sensibilidad y firmeza para guiar a nuestros hijos hacia una relación personal con Él. Que no sean solo asistentes a la iglesia, sino verdaderos discípulos. Porque al final, lo que transformará sus vidas no será el lugar donde estén… sino a Quién conocen.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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