"El desafío de amar a todos por igual"
- IB La Molina

- hace 1 día
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"Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob." Génesis 25:27-28

Cada vez que leo algún pasaje bíblico donde se habla de la relación entre padres, hijos y hermanos, inevitablemente me detengo a pensar en cómo fue nuestra vida en casa mientras crecíamos. Fuimos once hermanos, y las últimas tres éramos mujeres. Entre nosotras siempre hubo una relación bonita, cercana, de compañerismo… y hasta hoy se mantiene. Sin embargo, siendo honestas, también se percibían ciertas preferencias de parte de nuestros padres. Yo, por ejemplo, sentía que mi mamá tenía una inclinación especial por una de mis hermanas; ella, en cambio, decía que yo era la favorita de mi papá. Y la menor de las tres solía decir, con toda seguridad, que era la preferida de ambos.
Cuando me casé, llevaba muy presente ese recuerdo. Me propuse criar a mis tres hijas con la mayor equidad posible, cuidando de no repetir esas diferencias. Quería que cada una se sintiera igual de amada y valorada.
Pero con el tiempo, y al escucharlas hablar de su infancia, me doy cuenta de algo curioso: ellas también perciben lo mismo. Una dice ser la favorita de su papá, otra la de su mamá, y la última, con la misma seguridad que mi hermana menor, afirma que es la preferida de todos. Y entonces pienso… tal vez no se trata tanto de evitar por completo esas percepciones, sino de cuánto amor logra sentirse en medio de ellas.
El relato de Génesis 25:27–28 nos presenta a dos hermanos que, aunque gemelos, desarrollaron identidades profundamente distintas: Esaú, hábil cazador y hombre del campo, y Jacob, más tranquilo, dedicado a la vida doméstica. Esta diferencia natural en sus temperamentos se vio intensificada por un elemento delicado y peligroso dentro del hogar: la preferencia de los padres.
Isaac amaba a Esaú, quizá porque vió en él fuerza, habilidad y afinidad con su propio gusto por la caza; mientras que Rebeca amó a Jacob, posiblemente por su carácter más apacible, cercano y refinado. Así, lo que comenzó como una inclinación emocional terminó convirtiéndose en un factor de división familiar.
Más adelante, el episodio en el que Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas reveló no sólo su impulsividad y desprecio por lo espiritual, sino también un corazón que no había aprendido a valorar lo que realmente importaba. Jacob, por su parte, aunque reconocía el valor de la promesa, actuó con oportunismo al aprovechar la debilidad de su hermano. Ambos hermanos mostraron fallas, pero el texto resalta con mayor peso la actitud de Esaú, quien menospreció su herencia.
Este contexto familiar nos invita a reflexionar sobre las consecuencias del favoritismo. Cuando un hijo percibe que es menos amado o valorado, puede desarrollar inseguridad, resentimiento o una necesidad constante de aprobación. Por otro lado, el hijo favorecido puede crecer con un sentido distorsionado de superioridad o dependencia emocional hacia el padre que lo prefiere. Estas dinámicas no solo afectan la relación entre hermanos, sino también la unidad del matrimonio, como se evidencia más adelante cuando Rebeca conspiró con Jacob para engañar a Isaac. El favoritismo, aunque a veces sutil o inconsciente, tiene el poder de fracturar vínculos y dejar heridas profundas.
En la actualidad, esta enseñanza cobra aún más relevancia. Vivimos en una generación donde los hijos son particularmente sensibles a la validación emocional y al trato justo. Las comparaciones, las etiquetas o las preferencias marcadas pueden influir negativamente en su desarrollo emocional y espiritual. Por ello, este pasaje no solo describe una historia antigua, sino que funciona como una advertencia vigente: los padres están llamados a amar con equilibrio, a afirmar la identidad única de cada hijo sin caer en favoritismos, y a fomentar un ambiente de unidad, respeto y gracia.
Efesios 6:4 “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”
Cuando como madre te esfuerces sinceramente por amar con equidad, cada hijo interpretará ese amor desde su propia sensibilidad, su personalidad y sus necesidades emocionales. Y, quizá no logres un equilibrio matemático en el trato, pero que cada hijo tuyo se sienta verdaderamente amado, visto y valorado.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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