"El fin de año que muchos celebran… y el Dios que muchos olvidan."
- IB La Molina

- 26 dic 2025
- 3 Min. de lectura
“Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, Y como un vestido los envolverás, y serán mudados; Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán.” Hebreos 1:10-12

Vivimos en una época marcada por agendas llenas, celebraciones constantes y planes cuidadosamente diseñados… pero muchas veces diseñados sin Dios. La humanidad corre de evento en evento, de fiesta en fiesta, creyendo que el sentido de la vida se encuentra en lo inmediato y en lo visible. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que todo lo creado es pasajero, pero Dios permanece para siempre.
Desde niña he visto con claridad este contraste. Para muchos, la llegada del fin de año era la oportunidad para la parranda, el desvelo y la diversión sin vergüenza. Era un momento esperado para celebrar o para tratar de olvidar, con una gran fiesta, las penas o fracasos del año.
Pero, al mismo tiempo, también recuerdo cómo las iglesias tenían cultos de gratitud en Año Nuevo. Se llenaban de creyentes temerosos del Señor, personas que acudían con un corazón humilde para entregar a Dios sus primicias, agradecer por el año que terminaba y pedir Su ayuda para cumplir los propósitos del nuevo año. Ese contraste marcó mi corazón.
Hoy, tristemente, veo que muchos creyentes ya no le dan a Dios la misma prioridad. El cierre del año, que antes era un tiempo de consagración y búsqueda, para muchos se ha convertido solo en otra ocasión para la diversión. Sin darse cuenta, han reemplazado el altar por la fiesta, la oración por el entretenimiento y la expectativa en Dios por el ruido del mundo. Pero Dios no ha cambiado. Él sigue siendo el mismo. Sus años no se acaban. Su fidelidad permanece intacta.
El mundo envejece como una vestidura y sus ofertas, aunque se ven modernas y tentadoras, se desvanecen rápidamente. Pero la Palabra de Dios sigue firme, llamándonos a vivir con los ojos puestos en lo eterno. No se trata de rechazar toda celebración, sino de recordar quién debe ocupar el primer lugar en nuestro corazón.
Planear sin Dios es construir sobre arena. Vivir distraídos de Él es perder de vista lo eterno. Hoy más que nunca necesitamos volver a darle al Señor la honra que le corresponde, poner atención a Su Palabra y no dejarnos arrastrar únicamente por las vanidades y fiestas a las que el mundo nos invita a participar. Y esto me recuerda un corito que cantaba de niña:
El hombre sabio en la Peña construyó,
y la lluvia descendió,
subieron los ríos y la lluvia descendió,
y la casa sobre la Peña no cayó.
El insensato en la arena construyó,
y la lluvia descendió,
subieron los ríos y la lluvia descendió,
¡y la casa sobre la arena se cayó!
Que este tiempo sea una oportunidad para detenernos, reflexionar y volver al Dios que permanece cuando todo lo demás pasa. Que este nuevo año dediques tus pensamientos y tu obediencia al Señor; entonces, aunque vengan pruebas, tu casa, construida sobre la Roca, no caerá.
Oración: Señor eterno, perdónanos cuando te hemos dejado en segundo plano. Ayúdanos a buscarte con un corazón sincero, a darte nuestras primicias y a vivir con propósito eterno. Que no nos conformemos con lo pasajero, sino que afirmemos nuestra vida en Ti, porque Tú no cambias y permaneces para siempre. Amén.
¡Feliz año nuevo!
Martha Vílchez de Bardales




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