Escribe la visión
- IB La Molina

- 4 feb
- 3 Min. de lectura
“Sobre mi guarda estaré, y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá, y qué he de responder tocante a mi queja. Y Jehová me respondió, y dijo: Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella.”
Habacuc 2:1-2

Escribir breves estudios y devocionales es una tarea que no se puede medir. Compartir semanalmente o diariamente la enseñanza que primero habla a mi corazón es una responsabilidad que trato de cumplir; sin embargo, no sé si logrará algún efecto en las personas a quienes escribo con sincero amor.
Hace pocos años conocí a un varón de Dios que hacía lo mismo: el hermano José Belaunde. No sé cómo le llegó uno de mis escritos, pero un día me escribió para hacerme comentarios muy hermosos sobre una enseñanza que tocó su corazón. Al poco tiempo me pidió que escribiera el prólogo de su libro dedicado a los matrimonios.
Para mí fue un verdadero honor, y luego me permitió estar presente en la presentación de su libro. Yo me he imaginado al hermano José como el vigilante que describe Habacuc: aquel que hace guardia y luego escribe lo que ve para que todos lo lean.
“Permaneceré en mi puesto como un guardia; estaré listo en la torre de defensa. Esperaré a que me hable y responderé a la demanda que he presentado. El SEÑOR me respondió así: Escribe claramente en tablillas la visión para que se pueda leer de corrido.”
Este texto explica la actitud del profeta. Después de presentarle a Dios su queja por la injusticia y la violencia que veía, decidió tomar una postura como la de un guardia firme en una torre de vigilancia: atento, sin distraerse, esperando una respuesta.
Pero su espera no fue pasiva, sino una espera seria y vigilante, como alguien que sabe que Dios va a hablar. Luego, el texto dice que el Señor le respondió y le mandó a escribir la visión en tablillas de forma clara, para que cualquiera pueda leerla sin dificultad.
Eso significa que la respuesta de Dios no era solo para Habacuc, sino que debía quedar registrada y servir a otros también, como un mensaje seguro y público.
En resumen, este pasaje muestra cómo Habacuc pasó de la duda y el reclamo a la confianza: preguntó, esperó, escuchó, y Dios le dio una palabra que quedó escrita porque es importante para nosotros también.
Hace una semana me enteré del fallecimiento del hermano José, el vigilante de la torre, aquel que le preguntaba a Dios qué debía enseñar para escribir sus notas con claridad. Cumplió fielmente su tarea, y ahora reposa en los brazos de Dios.
Comencé a escribir devocionales cuando era adolescente. Mi método era hacer cuatro preguntas después de leer cada capítulo:
¿Qué quiere Dios que haga?
¿Qué debo evitar hacer porque no agrada a Dios?
¿Qué promesas hay en este capítulo para mí?
¿Qué castigos recibiré si no obedezco?
Escribía cada respuesta en mi cuaderno y finalmente, la oración. Recuerdo también que lo primero que hice al conocer a quien sería mi esposo fue mostrarle mi cuaderno, porque mi anhelo era empezar a entender mejor la Escritura con quien sería mi compañero para toda la vida.
Cómo quisiera ser como el varón que menciona Habacuc: mantenerme fiel en la torre, atenta a la visión, con la claridad para escribir las enseñanzas y darlas a conocer.
Habacuc nos enseña algo que muchos cristianos olvidan: la vida espiritual no se sostiene solo con emociones o con “momentos”, sino con una disciplina santa. El profeta no solo habló con Dios; se quedó en su puesto, esperó, escuchó, y cuando Dios respondió, lo escribió con claridad. Eso es más que una experiencia personal: es un modelo para el pueblo de Dios.
Meditar la Palabra es un mandato para todos los creyentes. Dios no nos llamó a leer por encima, sino a guardar, repetir, recordar y enseñar. La Escritura no solo se recibe: se rumia, se atesora, se escribe en el corazón y se transmite con fidelidad. Y aquí hay una verdad que consuela: no siempre veremos el fruto inmediato. Muchas veces uno escribe, enseña, aconseja o comparte sin saber si alguien cambió, si alguien entendió o si alguien fue animado. Pero la Palabra de Dios nunca vuelve vacía. El Señor se encarga del resultado. A nosotros nos toca mantenernos en la torre.
Así que sigue escribiendo. Sigue velando. Sigue preguntando y esperando. Porque cuando Dios pone una visión en el corazón, no es solo para uno: es para que “corra el que la leyere”. Y en ese acto humilde de meditar, escribir y repetir la enseñanza, estás obedeciendo el llamado que es para todo cristiano: amar la Palabra, vivirla y darla a conocer.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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