No hagas tropezar a los niños
- IB La Molina

- 25 feb
- 3 Min. de lectura
“A cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que lo hundieran en lo profundo del mar con una gran piedra de molino atada al cuello.” Mateo 18:6

Mi nieto empezará sus estudios en el nivel inicial, y nuevamente me conmuevo recordando aquellos años cuando mis tres hijas iban al colegio con sus uniformes limpios y sus zapatos relucientes. En ese tiempo, mi mayor afán era que nada ni nadie las hiciera tropezar, y por eso mis oraciones al Padre Eterno eran constantes, pidiéndole que sus ojos no dejaran de velar por ellas.
Todos los que recordamos nuestros años escolares podemos dar testimonio de que, no importa cuánto cuidado pusieran nuestros padres, nunca faltó el niño violento que le gustaba molestar, el burlón que siempre encontraba motivo para reirse de todos, la que nos quitaba la lonchera o el que simplemente decía lisuras desconocidas para la mente ingenua de una niña que creció en la iglesia.
Los años escolares pasaron rápido con mis hijas, pero los peligros no terminaron allí. En la universidad continuaron los desafíos con las enseñanzas de maestros que negaban a Dios, las invitaciones a lugares que no aprobamos y los conceptos del mundo promovidos por los propios jóvenes sin temor a Dios.
Hoy, al ver a mi nieto iniciar esta nueva etapa en su vida, vuelven a mi corazón aquellas emociones, pero sobre todo, la confianza en que el Padre Eterno siempre cuida de los suyos. Creo que es muy profundo el amor que sentimos cuando pensamos en un niño pequeño que comienza su camino en el colegio, con su inocencia intacta, su corazón confiado y su mirada limpia. Nuestro Señor nos recuerda en Evangelio de Mateo 18:6 que quien haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en Él enfrenta una advertencia extremadamente seria. No son palabras suaves ni simbólicas sin peso; son una declaración clara de cuánto valora Cristo a los pequeños y cuán grave considera cualquier acción que los dañe, los corrompa o los induzca al pecado.
Cuando Jesús habla de que sería mejor que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar, está mostrando que el juicio de Dios sobre quienes pervierten la inocencia no es liviano ni indiferente. Dios no es ajeno al dolor de los vulnerables; Él es su defensor, su amparo y su juez justo. En un mundo donde lamentablemente existen personas capaces de abuso, manipulación o violencia contra los niños, nuestra fe no nos llama a vivir paralizados por el miedo, sino a confiar en la protección divina y a actuar con prudencia, responsabilidad y vigilancia amorosa.
Bendecir a un pequeño es honrar al mismo Cristo; cuidarlo, escucharlo y enseñarle es participar en la obra de Dios. Pero quien endurece su corazón y, sin temor de Dios, daña deliberadamente a un niño, no escapará al juicio divino si no hay arrepentimiento verdadero. La Escritura enseña que Dios es justo y que toda obra será sacada a la luz; nada queda oculto ante Sus ojos. Pero al mismo tiempo, recordemos que el juicio pertenece al Señor y no a nosotros, y que nuestra tarea es proteger, educar, acompañar y formar en la verdad. Así, mientras confiamos en que el amor de Dios cubre a nuestros pequeños, también asumimos con valentía el deber de ser guardianes atentos, creando entornos seguros y levantando nuestra voz cuando sea necesario. El Señor ama profundamente a los niños; están bajo Su mirada constante. Esa verdad nos da consuelo, pero también nos llama a vivir con reverencia, sabiendo que todo acto hacia uno de estos pequeños tiene un peso eterno ante Dios.
Te invito a unirte a un tiempo especial de intercesión con el movimiento de madres que oramos por los niños, adolescentes y jóvenes.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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