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No te entregues al dolor

Foto del escritor: IB La Molina
IB La Molina
28 ago
4 min de lectura

“Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros. Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.” Juan 16:5-8

¿Alguna vez has sentido que el dolor de una situación te supera? Quizá estás atravesando una enfermedad, una necesidad económica, un problema familiar, una preocupación por tus hijos, una decepción, una puerta que no se abre, una respuesta que no llega o una circunstancia que no sabes cómo resolver. Cuando el dolor llega, no siempre podemos evitarlo. Hay situaciones que nos golpean profundamente y nos hacen llorar, preocuparnos y preguntarnos: “Señor, ¿por qué estoy pasando por esto?” Pero hay una pregunta todavía más importante: ¿Qué voy a hacer con mi dolor? 

Podemos permitir que el dolor nos consuma, que la preocupación nos quite el sueño, que la tristeza nos robe el gozo y que la incertidumbre debilite nuestra fe. Podemos quedarnos mirando el problema hasta sentir que es más grande que Dios. Podemos, en otras palabras, entregarnos al dolor. Los discípulos conocían muy bien esa sensación. Jesús les había anunciado que se iría y la tristeza llenó sus corazones. Ellos estaban tan concentrados en lo que estaban perdiendo que dejaron de escuchar lo que Jesús estaba a punto de decirles. Y Jesús les dijo algo que seguramente en ese momento no podían comprender:

“Os conviene que yo me vaya.”

¿Cómo podía convenirles que Jesús se fuera? Ellos pensaban en la ausencia; Jesús estaba pensando en la presencia del Espíritu Santo. Ellos miraban lo que perdían; Jesús estaba mirando lo que recibirían. Ellos veían un final; Jesús veía el comienzo de una nueva etapa. Esto nos enseña algo muy importante: cuando estamos sufriendo, nuestra percepción puede quedar limitada por el dolor.  La tristeza nos hace mirar solamente aquello que está mal. La preocupación nos hace imaginar solamente lo que podría suceder. El temor nos hace olvidar lo que Dios ya ha hecho. Por eso, cuando atravesamos una situación difícil, no debemos permitir que el dolor se convierta en el lugar donde habitamos. Podemos llorar, pero no tenemos que vivir llorando. Podemos sentir miedo, pero no tenemos que ser gobernados por el miedo. Podemos reconocer nuestra angustia, pero no tenemos que permitir que la angustia tenga la última palabra. Podemos decir: “Señor, esto me duele”, sin dejar de decir: “Pero sigo confiando en ti.” La Biblia nunca nos enseña que el cristiano está exento del sufrimiento. Jesús mismo dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Juan 16:33 Pablo también enseñó: “A través de muchas tribulaciones debemos entrar en el reino de Dios.” Hechos 14:22. Y Santiago nos recuerda que las pruebas pueden producir en nosotros perseverancia. El evangelio no nos promete una vida sin problemas. Nos promete algo mucho mejor: la presencia de Dios en medio de nuestros problemas. A veces hemos recibido un mensaje equivocado acerca de la vida cristiana. Hemos llegado a pensar que si tenemos fe, todo debería salir bien; que si oramos suficientemente, nunca tendremos necesidades; que si confiamos en Dios, ninguna enfermedad llegará a nuestra casa; que si somos obedientes, no tendremos problemas familiares, que si declaramos y declaramos todo se convertirá en bendición. Pero la Biblia no enseña eso. La fe no significa que nunca tendremos problemas. La fe significa que cuando lleguen los problemas, no estaremos solos. Jesús sabía que sus discípulos enfrentarían dificultades. Por eso no solamente les habló de lo que iban a perder, sino de aquel que recibirían: “Os enviaré el Consolador.”

¡Qué hermosa promesa! Jesús no prometió que ellos nunca volverían a llorar. Prometió que tendrían al Espíritu Santo con ellos. Y nosotros también. Cada noche, cuando mi esposo y yo nos disponemos a orar, damos gracias a Dios por todo lo que hemos recibido, pero también ponemos delante de Él nuestras necesidades, aquellas situaciones que todavía esperan una respuesta. En esos momentos hemos aprendido que, aunque las circunstancias parezcan limitantes y algunas respuestas se hagan esperar, las promesas de Dios permanecen firmes. Muchas veces nos ha sorprendido ver cómo Él abre caminos y trae la provisión justamente cuando menos lo esperamos. Porque Dios no llega tarde; Él sabe el momento preciso para cumplir lo que ha prometido. Por eso te aconsejo con amor:

  • Cuando recibas un diagnóstico que te preocupa, el Consolador está contigo.

  • Cuando no sabes cómo cubrir una necesidad, el Consolador está contigo.

  • Cuando un hijo se aleja y no sabes qué hacer, el Consolador está contigo.

  • Cuando existen conflictos dentro de tu familia y no encuentras una solución, el Consolador está contigo.

  • Cuando has orado durante mucho tiempo y todavía no ves la respuesta, el Consolador está contigo.

  • Cuando estás cansada de ser fuerte y simplemente quieres llorar, el Consolador está contigo.

Por eso, no te entregues al dolor. Entrégale tu dolor a Dios.

Con amor:

Martha Vílchez de Bardales

PD Este blog se mantiene con oración, amor y el generoso apoyo de quienes desean que este mensaje continúe llegando a muchas vidas. Gracias por ser parte de esta misión. Mi celular +51 998392845





 
 
 

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