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"Rumores que matan"

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 17 horas
  • 4 min de lectura

“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros.” Santiago 4:11-17

Una palabra imprudente puede producir sospecha, desconfianza y juicio. En el mundo esto es muy común. La gente comenta, insinúa, interpreta y después deja que los demás saquen sus propias conclusiones. Pero esto no debería ser la manera de relacionarnos dentro de la Casa de Dios. Recuerdo haber escuchado a un político manifestar su molestia porque algunos senadores y diputados tenían solamente educación secundaria y no contaban con especialización en las áreas que habían asumido. La periodista tomó sus palabras y le preguntó directamente: ¿Entonces usted está diciendo que esos políticos son incapaces? El hombre se asustó y rápidamente intentó explicar que él no había querido decir eso. Pero ya había sembrado una idea. Es muy fácil emitir un juicio y muy difícil recoger sus consecuencias.

Por eso Santiago es tan directo:“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros.” La murmuración no siempre empieza con una acusación abierta. Muchas veces comienza con una insinuación, con un comentario aparentemente inocente, con una pregunta, con una sospecha que compartimos con alguien más.

  • “Yo no estoy diciendo que haya sido ella, pero...”

  • “Yo no quiero hablar mal de nadie, pero...”

  • “Yo solamente digo lo que vi...”

Y después dejamos que los demás completen la historia. El problema de hablar demasiado. La epístola de Santiago parece estar llena de correcciones acerca de nuestras relaciones con los demás. Podría parecer repetitivo hablar tantas veces sobre la manera en que hablamos, pero evidentemente Santiago consideró este un problema suficientemente serio como para volver una y otra vez sobre él. Y quizá también nosotros necesitamos escucharlo una y otra vez. Mi papá siempre decía algo que me hacía pensar: los evangélicos no fuman, no toman alcohol, no van a fiestas, no bailan; pero algunos comen harto y rumorean de otros cristianos como si fueran adictos al chisme. Es una frase fuerte, pero encierra una verdad que no podemos ignorar. Podemos cuidar mucho nuestra apariencia espiritual y, al mismo tiempo, tener una lengua que hiere. Podemos cantar himnos, levantar nuestras manos, enseñar la Biblia y orar, pero si constantemente hablamos mal de nuestros hermanos, algo no está bien en nuestra comunión con Dios. Santiago dice:

“El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley.”

¿Por qué es tan grave? Porque cuando juzgamos a nuestro hermano, estamos colocándonos en un lugar que no nos corresponde. Uno solo es el Dador de la Ley. Dios es quien conoce el corazón. Dios conoce las intenciones. Dios conoce toda la historia. Nosotros vemos una parte pequeña de la realidad y, aun así, muchas veces queremos emitir una sentencia completa. Por eso Santiago pregunta: “Pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?” Qué pregunta tan necesaria.

  • ¿Quién soy yo para convertir una sospecha en una conclusión?

  • ¿Quién soy yo para hablar de alguien cuando no conozco toda la historia?

  • ¿Quién soy yo para poner sobre otra persona una etiqueta que quizá Dios mismo no le ha puesto?

Cuando estamos bien con Dios, aprendemos a cuidar al hermano. Cuando un creyente está en comunión íntima con Dios, su actitud humilde y dependiente lo lleva también a relacionarse de otra manera con los demás. La verdadera comunión con Dios produce humildad. Y la humildad cambia nuestra manera de hablar. Cuando nos relacionamos con la Palabra de Dios, no necesitamos destruir la reputación de otro para sentirnos mejores. No necesitamos encontrar defectos en los demás para justificar los nuestros. No necesitamos alimentar conversaciones que dañan la imagen de nuestros hermanos. Juan lo dice con mucha claridad:

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” 1 Juan 4:20. No podemos decir que amamos profundamente a Dios y, al mismo tiempo, tratar descuidadamente la reputación de aquellos por quienes Cristo también murió. La manera en que hablamos de nuestros hermanos revela mucho acerca de nuestra relación con Dios.  Hay palabras que matan. Quizá pensamos que matar significa quitar físicamente la vida de alguien. Pero existen palabras que pueden destruir una reputación, romper una amistad, dividir una iglesia y hacer que una persona sea mirada con desconfianza. Por eso podríamos llamar a estos comentarios: Rumores que matan. Matan la confianza. Matan la comunión. Matan la buena reputación. Matan la unidad. Y a veces pueden hacer que una persona inocente tenga que defenderse de algo que jamás hizo. Por eso, antes de repetir algo sobre nuestro hermano, deberíamos detenernos y preguntarnos: ¿Lo sé con certeza? ¿Me corresponde decirlo? ¿Estoy ayudando o estoy dañando? ¿Lo diría de la misma manera si esa persona estuviera delante de mí? Y quizá la pregunta más importante: ¿Esto glorifica a Dios? No todo lo que pensamos necesita ser dicho. Hay una madurez espiritual que consiste en aprender a callar. No todo lo que escuchamos necesita ser repetido. No toda sospecha necesita convertirse en conversación. No toda incomodidad necesita transformarse en acusación. Y no todo lo que creemos saber nos da derecho a juzgar. 

La Casa de Dios debe ser un lugar donde podamos sentirnos seguros de que nuestros hermanos no estarán hablando de nosotros a nuestras espaldas. Que nuestras iglesias sean lugares donde los hermanos puedan sentirse protegidos, no expuestos; amados, no juzgados; edificados, no destruidos. Que Dios nos ayude a tener una lengua que bendice, una boca que edifica y un corazón suficientemente humilde para dejarle a Dios el lugar que solamente a Él le corresponde.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales



 
 
 

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