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Fructificando en la madurez

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

“Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto.” Salmo 92:14-15

Ayer celebré un año más de vida. Ya he recorrido más de seis décadas, y al mirar hacia atrás veo la fidelidad de Dios en cada etapa de mi caminar. Desde mis primeros años sirviendo en la iglesia donde mi padre fue pastor, hasta todos estos años junto a Miguel en la obra del Señor, puedo decir con profunda gratitud que ha sido un privilegio dedicar mi vida a Cristo y a Su Iglesia.

Mientras recibía abrazos, besos y palabras de cariño, muchos me decían: “Que cumplas muchos años más sirviendo al Señor.” Y esas palabras tocaron profundamente mi corazón. Porque, aunque reconozco mis limitaciones e imperfecciones, me llena de alegría pensar que todavía puedo ser útil en las manos de mi Padre celestial.

Por eso hoy hago mías las palabras del salmista:

“Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo; anunciar por la mañana tu misericordia, y tu fidelidad cada noche” (Salmo 92:1-2).

Es bueno dar gracias al Señor. La gratitud ilumina el alma. Cuando aprendemos a contar nuestras bendiciones, los problemas dejan de ocupar el centro de nuestra mirada. Tenemos mucho por lo cual agradecer: la vida, la salud, la familia, los amigos, los recuerdos, las oportunidades de servir y, sobre todo, la salvación que Cristo nos ha dado. Las circunstancias cambian, pero la esperanza eterna permanece firme. Nadie puede arrebatarnos el amor de Dios ni la certeza de Su promesa. Una mente agradecida encuentra gozo aun en los días difíciles. En cambio, una mente que solo se enfoca en las pérdidas termina oscureciendo todo a su alrededor. La gratitud no elimina las pruebas, pero sí nos ayuda a verlas desde la perspectiva de la fidelidad de Dios. El Salmo 92 también nos recuerda una verdad preciosa para quienes hemos llegado a la madurez:

“El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano” (Salmo 92:12).

La palmera es alta, recta y resistente. Soporta el viento y el calor, pero continúa elevándose hacia el cielo. El cedro, por su parte, simboliza fortaleza y permanencia. Así es la vida de quienes han caminado con Dios durante años: no una vida exenta de pruebas, sino una vida sostenida por Su gracia. Lo más hermoso es que el salmista no dice que el justo florece solo en la juventud. Dice: “Aun en la vejez fructificarán.”

En un mundo que exalta la juventud, Dios honra la perseverancia. Para Él, los años no disminuyen nuestro valor; al contrario, pueden aumentar nuestra influencia. La experiencia, las lecciones aprendidas, las lágrimas derramadas, las victorias obtenidas y las cicatrices de la fe se convierten en un testimonio poderoso para las nuevas generaciones. El Señor nunca pensó que la vejez fuera una etapa de inutilidad espiritual. Mientras tengamos aliento, tenemos una misión. El propósito sigue siendo el mismo: anunciar Su grandeza.

Por eso también resuenan en mi corazón las palabras del Salmo 71:

“Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad, y tu potencia a todos los que han de venir” (Salmo 71:18).

Qué hermosa oración. No es una petición para retirarse, sino para permanecer. No es una súplica para descansar de la misión, sino para continuar proclamando las maravillas de Dios a quienes vienen detrás.

Si has llegado a una edad avanzada, no pienses que tu tiempo ya pasó. La Iglesia todavía necesita tus oraciones, tu ejemplo, tu sabiduría y tu testimonio. Tus hijos, nietos, discípulos y amigos necesitan escuchar cómo Dios te sostuvo durante tantos años. Quizá ya no podamos correr tan rápido como antes, pero todavía podemos dar fruto. Todavía podemos enseñar, aconsejar, interceder, animar y compartir a Cristo. Todavía podemos anunciar que Jehová es recto, fiel y digno de confianza.

Mi oración es que cada uno de nosotros llegue a los últimos años de su vida como esos árboles plantados en los atrios del Señor: firmes, verdes, fructíferos y llenos de gratitud.

Porque la verdadera grandeza de una vida no está en cuántos años vivimos, sino en para quién vivimos.

Hoy puedo orar con gratitud: "Señor, gracias por cada año que me has concedido. Permíteme seguir fructificando, seguir sirviendo y seguir anunciando tu poder a la próxima generación, hasta el día en que te vea cara a cara." Amén.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales



 
 
 

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