La fe que cantaron nuestros padres
- IB La Molina

- hace 2 días
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"A Jehová he puesto siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido." Salmos 16:8

Ayer mi esposo y yo coincidimos en algo muy bonito, aunque estábamos trabajando en lugares diferentes. Él estaba en la oficina del templo y yo estaba cocinando en casa. Los dos pusimos música para acompañar nuestras tareas y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a escuchar y cantar los himnos que aprendimos en nuestra niñez, en nuestras respectivas iglesias.
Por la tarde, cuando conversamos sobre las actividades de la mañana, le conté de algunas canciones tan hermosas que había vuelto a encontrar. Grande fue mi sorpresa al descubrir que él, sin saber lo que yo estaba escuchando, había estado cantando ¡las mismas melodías! Entonces pensé en el maravilloso valor de los himnos de nuestra niñez. No son solamente canciones antiguas. Muchas veces llevan consigo la historia espiritual de nuestros padres, de nuestras iglesias y de las primeras experiencias que tuvimos con Dios.
Yo no puedo cantar “A solas al huerto yo voy” o “Dulce oración” sin que aparezca en mi mente el recuerdo de mi mamá entonando esas melodías, o de mi padre dirigiendo a la congregación. Las notas musicales parecen abrir una puerta hacia el pasado y, por un instante, vuelvo a escuchar aquellas voces que formaron parte de mi vida y de mi fe.
Y quizá eso es parte de la belleza de los himnos: nos enseñan a recordar mientras adoramos. Muchos de nuestros himnos antiguos están impregnados de las palabras de los Salmos. En ellos encontramos expresada una fe firme: la certeza de que Dios es bueno, de que quienes confían en Él no serán abandonados y de que la verdadera felicidad no se encuentra lejos de Dios, sino en vivir cerca de Él.
El salmista podía decir: “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido.” Salmo 16:8. Y unas líneas después declara: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” Salmo 16:11.
Qué hermosa confesión de fe. El que ama a Dios puede mirar el presente con esperanza y el futuro con confianza. Dios no solamente sostiene nuestra vida hoy; Él es nuestra esperanza para siempre.
Por eso Pablo exhorta a la iglesia:
“Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones.” Efesios 5:19
Adorar con salmos, himnos y cánticos espirituales no es simplemente cantar mientras hacemos nuestras tareas. Es llenar nuestra vida de verdades acerca de Dios. Es permitir que la Palabra habite en nuestra memoria, para que pueda acompañarnos cuando estamos alegres, cuando estamos cansados y también cuando atravesamos momentos difíciles. Qué regalo nos dieron aquellos que nos enseñaron a cantar. Nuestros padres quizá nunca imaginaron que, muchos años después, sus voces seguirían viviendo en nuestra memoria. No sabían que aquellas palabras que nos enseñaron a cantar en la infancia un día volverían a nuestros labios, cargadas de un significado mucho más profundo. Porque hay canciones que aprendemos cuando somos niños, pero que solo llegamos a comprender plenamente cuando la vida nos permite experimentar aquello que cantábamos.Eso me sucedió de una manera muy especial cuando tuve por primera vez a uno de mis nietos en mis brazos. Mientras lo miraba y lo sostenía, algo inesperado ocurrió: de lo más profundo de mi memoria surgieron las palabras de aquellos antiguos himnos que había cantado más de treinta años atrás, cuando tuve a mis propios bebés en brazos: “No tengo temor, Jesús me ha prometido: siempre contigo estoy.” Y también: “Nunca desmayes en todo afán, te cuidará el Señor. Sus fuertes alas te cubrirán, te cuidará el Señor.” ¡Qué maravilloso es el corazón! Más de treinta años habían pasado desde que canté esas canciones a mis tres bebés, y allí estaban nuevamente, como si nunca se hubieran ido. Solo que ahora las cantaba para mis nietos. Entonces comprendí que aquellas canciones habían hecho mucho más que acompañar mi maternidad. Habían sembrado en mi corazón una verdad que permaneció allí durante décadas: Dios cuida de sus hijos. Dios permanece con nosotros. No tenemos que vivir con temor, porque estamos bajo su cuidado.
Quizá por eso los himnos que aprendemos en casa tienen un valor tan especial. Se quedan guardados en algún rincón profundo del corazón y esperan el momento en que la vida los vuelva a necesitar. Y cuando llega ese momento, regresan a nosotros con una ternura inesperada.
Hoy tenemos la oportunidad de recuperar esos himnos y volver a cantarlos en nuestros hogares. Podemos enseñárselos a nuestros hijos y nietos, pero también podemos contarles por qué esas canciones son importantes para nosotros y qué verdades acerca de Dios han sostenido nuestra vida. Podemos dejarles mucho más que una melodía. Podemos dejarles una herencia de fe.
Porque quizá algún día nuestros hijos o nuestros nietos estén atravesando una noche difícil, tengan a su propio bebé en brazos o simplemente necesiten recordar que Dios está cerca. Y tal vez, sin darse cuenta, una antigua melodía vuelva a su memoria… y en sus labios aparezcan las palabras que un día nos escucharon cantar. Entonces nuestra voz seguirá viviendo en ellos. Porque la fe también se transmite cantando.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales




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