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Mi hijo está perdido

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • 12 ago
  • 4 min de lectura

“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; Romanos 5:20”

Todo ser humano ha heredado una naturaleza pecaminosa de Adán. Esta es una realidad que como padres debemos aprender a mirar a los hijos. Nuestros hijos han heredado, como todos nosotros, una naturaleza pecaminosa. La Biblia nos enseña que el pecado entró al mundo por Adán y que todos hemos nacido con una inclinación natural hacia el pecado. Por eso, no debería sorprendernos que nuestros adolescentes y jóvenes, aun aquellos que han crecido en la iglesia, conozcan la verdad y, sin embargo, en determinados momentos decidan hacer lo contrario.  Muchas veces los vemos caer, tomar malas decisiones, rebelarse, juntarse con personas que no les convienen, involucrarse en relaciones equivocadas o simplemente alejarse de aquello que les enseñamos desde pequeños. Y como padres, esas decisiones nos duelen profundamente.

Romanos 5:20 dice: “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. Este versículo nos lleva a una verdad que necesitamos comprender especialmente cuando estamos frustrados por la conducta de nuestros hijos. Cuando ponemos límites, cuando enseñamos lo correcto y cuando decimos “esto no está bien”, muchas veces la reacción de nuestros hijos revela la lucha que existe dentro de ellos. Por eso, cuando un hijo cae, no debemos pensar inmediatamente que todo lo que le enseñamos fue inútil. Tampoco debemos resignarnos diciendo: “Así son los jóvenes”, “ya crecerá”, o “no hay nada que hacer”. La Biblia nos llama a algo mucho más profundo: debemos reconocer la realidad del pecado, pero también debemos recordar la realidad de la gracia. Y aquí está la esperanza para nosotros como madres: “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”.

Esto no significa que la gracia nos permita tolerar el pecado o que debamos cerrar los ojos ante las malas decisiones de nuestros hijos. La gracia nunca llama bueno a lo malo. Un padre, una madre que ama verdaderamente a su hijo no puede ser indiferente frente al pecado. Debemos corregir, establecer límites, confrontar y enseñar. Pero debemos hacerlo sin perder de vista que nuestro hijo necesita mucho más que nuestras reglas: necesita encontrarse con la gracia transformadora de Dios.

A veces queremos que nuestros hijos cambien porque tenemos miedo de lo que pueda sucederles. Otras veces queremos que cambien porque estamos preocupados por lo que los demás pensarán de nuestra familia. Y algunas veces, aunque nos cueste reconocerlo, queremos que cambien porque su conducta nos avergüenza. Pero Dios quiere llevarnos a un lugar más profundo: que aprendamos a luchar por sus corazones, no solamente por su comportamiento.

Un hijo puede aprender a comportarse bien delante de sus padres y, sin embargo, tener un corazón muy lejos de Dios. Por eso nuestra meta no debe ser simplemente conseguir hijos obedientes, sino hijos reconciliados con Dios. El hijo pródigo nos enseña algo maravilloso. Su padre no aprobó su rebeldía. No celebró su pecado. No salió a buscarlo para decirle que lo que estaba haciendo estaba bien. Pero tampoco dejó de ser su padre. Cuando aquel hijo volvió, encontró una puerta abierta y unos brazos dispuestos a recibirlo. ¡Qué importante es esto para nosotros! Nuestros hijos necesitan saber que el pecado tiene consecuencias, pero también necesitan saber que el camino de regreso sigue abierto. Tal vez tu como madre que lees estas palabras estás mirando a tu hijo y piensas: “¿En qué momento cambió tanto? ¿Dónde quedó aquel niño que llevaba a la iglesia, que oraba conmigo, que cantaba las canciones que le enseñé?”. Quizás hoy estás viendo decisiones que jamás imaginaste que tomaría. Tal vez has hablado, has corregido, has llorado y has orado, y sientes que ya no sabes qué hacer. No te resignes.

No confundas la gracia con permisividad, pero tampoco confundas disciplina con rechazo. Sigue poniendo límites. Sigue diciendo la verdad. Sigue enseñando la Palabra. Sigue llamando al pecado por su nombre. Pero, sobre todo, sigue orando.

Porque nosotros podemos ver a un hijo rebelde, pero Dios ve una vida que todavía puede ser transformada. Nosotros vemos una temporada; Dios ve toda la historia. Nosotros vemos la caída; Dios todavía puede escribir restauración.

Y hay algo más que debemos recordar: nosotros también fuimos salvados por gracia. Ninguno de nosotros llegó a Dios porque fuimos suficientemente buenos, porque nunca fallamos o porque nuestros padres hicieron un trabajo perfecto. Llegamos a Cristo porque la gracia sobreabundó sobre nuestro pecado.Por eso, cuando nuestros hijos fallen, no debemos mirar su pecado desde una posición de superioridad, sino desde la humildad de quien también necesita diariamente la gracia de Dios.

Tal vez hoy el pecado de tu hijo parece abundar. Pero Romanos 5:20 nos recuerda que la última palabra no la tiene el pecado. La última palabra la tiene la gracia.No sabemos cuándo llegará el momento de su regreso. No sabemos qué circunstancias Dios utilizará para tocar su corazón. No sabemos cuánto tendrá que caminar antes de volver a casa. Pero sí sabemos quién es nuestro Dios.

Es el Dios que puede alcanzar al que está lejos. Es el Dios que puede transformar un corazón endurecido. Es el Dios que puede usar incluso las consecuencias de nuestras malas decisiones para llevarnos al arrepentimiento. Es el Dios cuya gracia no se agota cuando nuestro pecado parece multiplicarse. Por eso, madre, no abandones la oración. No abandones la esperanza. No abandones a tu hijo. 

Corrige cuando tengas que corregir. Pon límites cuando sean necesarios. Habla con verdad, aunque duela. Pero cuando termines de hacer todo lo que como madre puedes hacer, vuelve a tus rodillas y entrégale a Dios aquello que no puedes controlar. Porque quizá hoy estás viendo que el pecado abunda en la vida de tu hijo, pero recuerda esta promesa: “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. Y donde la gracia de Dios sobreabunda, todavía hay esperanza para nuestros hijos.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales


 
 
 

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