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Si no puedes dormir

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • 23 feb
  • 3 Min. de lectura

Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar…Marcos 1:35-38


Vivimos tiempos diferentes a los de la pandemia. En aquellos días, el miedo y la incertidumbre llevaron a muchas personas a doblar rodillas. La fragilidad humana quedó expuesta y la oración se convirtió en refugio.

Hoy el escenario es distinto. Ya no es el encierro lo que roba nuestro descanso, sino la prisa. Hemos vuelto a correr. Nos llenamos de actividades, compromisos, metas, pantallas, responsabilidades y preocupaciones. La vida retomó su ritmo acelerado… y en muchos casos, más rápido que antes. Paradójicamente, aunque estamos ocupados, seguimos cansados. Y aunque hacemos mucho, dormimos poco y descansamos menos.

He conversado con muchas personas que luchan para conciliar el sueño. No necesariamente por temor, sino por una mente que no se apaga. Pensamientos acumulados, pendientes sin resolver, metas por alcanzar, comparaciones constantes y un mundo que no se detiene. La falta de descanso trae consecuencias: cambios de ánimo, agotamiento emocional, aumento de peso, bajo rendimiento y hasta problemas metabólicos.

Mi padre solía decir que si uno trabajaba con tesón durante el día, dormiría tranquilo por la noche. Pero cuando pienso en Jesús, veo algo aún más profundo.

Nuestro Señor trabajaba intensamente: sanaba enfermos, predicaba a multitudes, discipulaba a sus seguidores y enfrentaba oposición constante. Si alguien conoció la presión y la tensión, fue Él. Sin embargo, el evangelio según Evangelio de Marcos nos muestra algo sorprendente:

Jesús no descansaba simplemente porque estaba agotado; descansaba porque primero oraba.

“Muy de madrugada… se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.” Jesús le daba prioridad a su comunión con el Padre. No oraba porque fuera débil, sino porque era fuerte, y la fuente de su fortaleza era su relación con Dios. Antes de enfrentar multitudes, buscaba intimidad. Antes de hablar con los hombres, hablaba con el Padre.

Un gran predicador, Charles Spurgeon, dijo:“No mires a ningún hombre en el rostro sin antes haber visto el rostro de Dios. No hables con nadie sin haber hablado antes con el Altísimo.”

Durante la pandemia, la Iglesia redescubrió la oración en medio del temor. Hoy necesitamos redescubrirla en medio de la ocupación. Porque el activismo también puede alejarnos de Dios. Estar ocupados no significa estar fortalecidos. Jesús utilizaba su tiempo de oración para esa comunión cercana e íntima con el Padre. Oraba por sus discípulos, por aquellos a quienes había enseñado, por los que encontraría al día siguiente. Su corazón estaba alineado con la voluntad de Dios. Por eso podía reposar en Sus brazos. El verdadero descanso no viene solo del cansancio físico, sino de una conciencia en paz.

Cada miércoles las iglesias se reúnen a orar y hay poder en la oración unida. Pero también necesitamos el lugar solitario. La oración a solas es el alma de la vida espiritual. Es el momento donde dejamos de impresionar y empezamos a rendirnos. Es el espacio donde el corazón se aquieta.

Mi padre cantaba un himno que siempre recuerdo con cariño:

Dulce oración, dulce oración, De toda influencia mundanal, Elevas tú mi corazón, Al tierno Padre celestial…

Hoy más que nunca necesitamos esa dulce oración. No solo para enfrentar crisis, sino para sobrevivir a la prisa. No solo para vencer el miedo, sino para silenciar el ruido. Si oras, descansarás tranquilo. Si entregas tus cargas al Señor antes de dormir, tu mente encontrará paz. Dios mismo te hará descansar. No es menos sueño lo que necesitamos primero; es más comunión.

Ora a solas. Derrama tu corazón delante del Señor. Y en medio de este mundo acelerado, Él te enseñará a reposar.

Con amor,

Martha Vílchez de Bardales

 
 
 

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