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Sin excusas

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

“Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme primero ir y enterrar a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.” Mateo 8:19–22.

Semana Santa es, sin duda, la celebración más importante del cristianismo, un tiempo destinado a recordar el sacrificio y la obra redentora de Jesús. Sin embargo, resulta triste ver cómo, con el paso del tiempo, muchas personas han desvirtuado su verdadero significado, convirtiéndola en una simple oportunidad para viajar, distraerse o incluso entregarse a excesos, al punto de llamarla “semana tranca”.

Frente a esta realidad, Dios puso en mi corazón una reflexión basada en un pasaje bíblico donde dos personas expresaronn su deseo de seguir a Jesús, pero sin comprender realmente lo que ese compromiso implicaba. Porque seguir a Cristo no es solo una emoción momentánea o una decisión superficial; es un llamado que exige renuncia, entrega y sacrificio.

Mateo 8:19-22 nos confronta con una de las declaraciones más radicales de Jesús. No es un texto cómodo ni fácil de suavizar sin perder su esencia. Es, más bien, un llamado directo a revisar nuestras prioridades. En esta historia podemos ver a dos entusiastas que quisieron identificarse con Cristo. 

Primero apareció un escriba que declaró con entusiasmo: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.” Suena comprometido. Suena admirable. Pero la respuesta de Jesús es inesperada: “Las zorras tienen guaridas… pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.”

Jesús no rechazó su intención, pero sí expuso la realidad: seguirlo implica renuncia, incomodidad e incertidumbre. No hay promesas de estabilidad ni de éxito terrenal.

Hoy, para muchos, identificarse como cristiano no implica sacrificio. Se ha difundido una idea distorsionada del evangelio, donde seguir a Dios se asocia con prosperidad, bienestar y bendiciones materiales. Así, algunos se acercan a la fe buscando que “les vaya bien”, reduciendo el discipulado a una práctica superficial. Pero Jesús nunca ocultó el costo.

Luego apareció un segundo caso, aún más desafiante. Un discípulo le dijo: “Señor, permíteme primero ir y enterrar a mi padre.” A simple vista, es una petición razonable, incluso noble. Pero Jesús respondió: “Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.”  Aquí muchos justifican la respuesta, sin embargo, el punto clave está en una palabra: “primero”. El problema era el orden.

Algunos estudiosos sugieren que “enterrar a mi padre” podía ser una expresión cultural que significaba esperar hasta la muerte del padre, algo que podía tardar años. En otras palabras, el discípulo estaba diciendo: “Te seguiré… pero no ahora.” Y esa es la forma más común de dar excusas: la postergación. No es un “no”, es un “después”. Pero para Jesús, “después” puede terminar siendo “nunca”. 

Jesús dio dos órdenes claras: “Sígueme” = un llamado continuo, un estilo de vida y “Deja” = una decisión inmediata, sin demora

No hay espacio para negociaciones ni condiciones intermedias. Algunos, como los primeros discípulos, dejaron todo inmediatamente. Otros, como se menciona en Juan 6:66, decidieron apartarse. Y eso sigue ocurriendo hoy. Hoy he escuchado excusas más modernas: Hoy no decimos “déjame enterrar a mi padre”, pero usamos otras formas: 

“Cuando tenga más tiempo…”

“Cuando regrese de mis vacaciones…”

“Cuando termine mi trabajo…”

“Cuando mi familia esté mejor…”

“Cuando cambien a los líderes…”

Nada de esto es malo en sí mismo. El problema es cuando ocupa el primer lugar. En ese sentido, muchas de nuestras ocupaciones diarias, trabajo, estudios, responsabilidades familiares, pueden convertirse en una forma moderna de “enterrar a los muertos”.

Jesús no busca seguidores impulsivos ni personas llenas de excusas. Busca corazones que entiendan que: seguirlo no es una parte de la vida… es la prioridad de la vida. No todos serán llamados a vivir como Él vivió, pero todos somos llamados a: negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz, seguirlo sin condiciones.

El texto no nos dice qué hizo el escriba. Tampoco qué decidió el discípulo. Ese silencio es intencional. Porque la pregunta no es qué hicieron ellos, sino: ¿qué harás tú? ¿Seguirás a Jesús… o seguirás posponiéndolo? Porque al final, no son las malas decisiones las que más nos alejan de Dios, sino las buenas… cuando ocupan el lugar que solo le corresponde a Él.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales




 
 
 

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