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Cuando el corazón necesita recordar

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 2 minutos
  • 3 min de lectura

"Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío." Salmo 42: 4-5.


Todas tenemos recuerdos. Algunos nos hacen sonreír; otros todavía nos arrancan lágrimas. Hay recuerdos de oraciones respondidas, pero también de noches en las que sentimos que Dios guardaba silencio. A veces basta una canción, un lugar o una fecha para que el corazón vuelva a sentir emociones que creíamos superadas. Mientras meditaba en el salmo 42, imaginé a David haciendo precisamente eso: recordando. No recordando para quedarse atrapado en el pasado, sino para llevar cada recuerdo delante de Dios. Él no escondió su tristeza, su desánimo ni sus preguntas. Las puso sobre el altar de la presencia de Dios y permitió que la verdad transformara sus emociones.

El Salmo 42 no es el relato de una mujer o un hombre que nunca lloró; es el testimonio de alguien que aprendió a convertir sus recuerdos en oración y sus lágrimas en una puerta hacia la esperanza. 


Las invito a que caminemos juntas por sus palabras. Quizá descubras que el mismo Dios que sostuvo a David también quiere abrazar tu corazón. El Salmo 42 es uno de mis favoritos, porque no comienza hablando de victoria, sino de un hombre que abre su corazón delante de Dios. He regresado muchas veces a este salmo en momentos de tristeza, preocupación, cansancio y silencio de Dios. Allí encontré a alguien que sentía lo mismo que muchas de nosotras: ansiedad, temor, nostalgia y desaliento, pero que también aprendía a llevar todo eso a los pies del Señor.

Como mujeres vivimos nuestras emociones con intensidad. Amamos profundamente y, por eso mismo, también nos preocupamos, lloramos y sufrimos. A veces pensamos que una mujer de fe no debería sentirse así, pero la Biblia no esconde las emociones de sus protagonistas. Al contrario, nos enseña qué hacer con ellas.

En este salmo, el escritor se encuentra lejos del santuario, rodeado de dificultades y de personas que se burlan preguntando: “¿Dónde está tu Dios?”. Sin embargo, en lugar de ocultar su dolor, lo expresa con honestidad y luego le habla a su propia alma: “¿Por qué te abates, alma mía?... Espera en Dios”.

La buena noticia es que este salmo no solamente describe nuestras emociones; también nos enseña qué hacer con ellas. El salmista no permite que sus sentimientos ocupen el trono de su vida. Los reconoce, los expresa con sinceridad, pero finalmente los lleva delante de Dios.


Por eso aprenderemos cinco principios para que nuestras emociones no gobiernen nuestro corazón:

  1. Primero, reconocer nuestras emociones con honestidad. El salmista no finge fortaleza. Dice: "Tengo sed", "lloro", "estoy abatido", "mi alma está turbada". No podemos entregar al Señor aquello que primero no estamos dispuestas a reconocer.

  2. Segundo, llevar nuestras emociones a Dios antes que a cualquier otra persona. El salmista convierte su dolor en oración. Muchas veces buscamos primero la opinión de otros, cuando Dios nos está invitando a derramar nuestro corazón delante de Él.

  3. Tercero, hablarle a nuestra alma con la verdad de Dios. Dos veces se pregunta: "¿Por qué te abates, alma mía?". No está escuchando pasivamente sus emociones; está confrontándolas con la esperanza que encuentra en el Señor. Las emociones hablan, pero la Palabra de Dios debe tener la última palabra. 

  4. Cuarto, recordar la fidelidad de Dios. En medio de su tristeza recuerda cómo había adorado antes y cómo Dios había obrado en su vida. La memoria espiritual fortalece nuestra esperanza cuando las circunstancias intentan robárnosla. 

  5. Quinto, esperar en Dios. El salmista no afirma que todo cambiará inmediatamente. Lo que afirma es mucho más profundo: "Espera en Dios, porque aún he de alabarle". Su confianza no está puesta en que desaparezcan los problemas, sino en que Dios permanece fiel en medio de ellos.


Las emociones no son pecado; son parte de cómo Dios nos creó. El problema comienza cuando ellas gobiernan nuestras decisiones. Dios no nos pide negar lo que sentimos, sino entregárselo para que sea Cristo quien gobierne nuestro corazón. Si hoy eres una mujer que cuida de todos, pero sientes que nadie cuida de ti, recuerda esta verdad: Dios sí cuida tu corazón. Él conoce tus lágrimas, escucha tu clamor y te invita a confiar en Él. Aun en medio del dolor, podrás decir con esperanza: “Espera en Dios, porque aún he de alabarle; salvación mía y Dios mío.”  Seguiré con la serie escrita de estos temas de la salud del corazón.


Con amor

Martha Vílchez de Bardales



 
 
 

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