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¿Cuál es tu mayor riqueza?

Foto del escritor: IB La Molina
IB La Molina
22 sept
4 min de lectura

“En vez de disfrutar de las riquezas de Egipto, Moisés decidió que era mejor sufrir, como también iba a sufrir el Mesías, pues sabía que Dios le daría su premio.” Hebreos 11:26

Cuando conocí a Miguel en el seminario bíblico, él era un jovencito de apenas 18 años. Con el tiempo me enteré de que había dejado la universidad y también un trabajo que lo encaminaba hacia una profesión como ingeniero, para prepararse para el pastorado. Recuerdo que aquello me impresionó profundamente. No solamente porque era muy joven, sino porque, siendo hijo de pastor, ya conocía de cerca los altibajos de la vida ministerial. Él sabía que servir a Dios no significaba necesariamente una vida cómoda, pero aun así había decidido entregar sus planes al Señor. Ese detalle de su vida me hizo pensar muchas veces en Moisés. 

Moisés tenía delante de sí los tesoros de Egipto, una posición privilegiada y un futuro asegurado. Sin embargo, Hebreos nos dice que “por la fe” escogió identificarse con el pueblo de Dios. Como dice el libro de Hebreos: “Considerando el oprobio de Cristo como mayores riquezas que los tesoros de Egipto, porque tenía puesta la mirada en la recompensa.” Hebreos 11:26

Me llama profundamente la atención la palabra “considerando”. Moisés hizo un cálculo. Puso en una balanza los tesoros de Egipto y, al otro lado, el sufrimiento que implicaba identificarse con Dios. Y llegó a una conclusión: lo que Dios ofrecía era infinitamente más valioso. La fe no es cerrar los ojos y dejar de pensar. La fe nos ayuda a ver correctamente. Nos permite distinguir entre lo que tiene brillo hoy y lo que tiene valor eterno. Moisés vio más allá del palacio. Más allá de los tesoros de Egipto. Más allá de la comodidad. Más allá del reconocimiento. Vio la recompensa de Dios. Y aquí hay algo que necesitamos recordar en estos tiempos. A veces hemos escuchado tanto acerca de una vida cristiana asociada con prosperidad, comodidad, éxito, reconocimiento y abundancia, que podemos llegar a pensar que seguir a Cristo significa necesariamente que todo nos irá bien y que tendremos una vida sin renuncias. Y cuando llegan las pruebas, el sacrificio, la espera, el rechazo o las dificultades del servicio, algunos se preguntan: “¿Dónde está Dios?” Pero Jesús nunca nos llamó a seguirlo prometiéndonos una vida sin dificultades. Nos llamó a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle. La fe también sabe renunciar. Cuando Miguel dejó sus proyectos profesionales para prepararse para el ministerio, no sabía todo lo que vendría después. Y yo tampoco sabía, cuando decidí unir mi vida a la de él, todo lo que significaría caminar junto a un pastor. Hemos conocido momentos hermosos, pero también hemos tenido que perseverar, esperar, sacrificar, servir cuando estábamos cansados y continuar cuando las circunstancias no eran fáciles. Y después de tantos años puedo decir que servir a Cristo ha valido la pena. No porque el camino haya sido siempre fácil, sino porque hemos aprendido que ninguna de las cosas que dejamos por Cristo se compara con lo que hemos encontrado en Él. Pablo lo expresó así: “Todo lo que para mí era ganancia, lo he considerado pérdida por causa de Cristo.” Filipenses 3:7

Y también: “Los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de ser revelada en nosotros.” Romanos 8:18.

Quizá hoy estás atravesando una etapa en la que tienes que escoger. Tal vez tienes que renunciar a algo. Tal vez estás sirviendo y nadie lo reconoce. Tal vez estás cansado de esperar. Tal vez estás siendo fiel aunque no ves todavía el fruto. Tal vez estás enfrentando una dificultad que te hace preguntarte si vale la pena continuar. Mira nuevamente lo que estás considerando como riqueza. El mundo nos dice: “Busca lo que te haga sentir bien ahora”. La fe nos dice: “Mira más allá.” Porque lo que vemos es temporal, pero lo que no vemos es eterno. Moisés tuvo que escoger entre los tesoros de Egipto y la recompensa de Dios. Pablo tuvo que considerar como pérdida aquello que antes consideraba ganancia. Y nosotros también tendremos que hacer nuestros propios cálculos. La fe tiene una fórmula diferente a la del mundo: La pérdida por Cristo es ganancia. La renuncia por Cristo nunca será una pérdida definitiva. Por eso, no permitas que el brillo de lo temporal te haga olvidar el valor de lo eterno. No vivas solamente para lo que puedes tener, alcanzar o disfrutar aquí. 

Vive para aquello que permanecerá para siempre. Que cuando tengamos que escoger entre nuestra comodidad y nuestra obediencia, escojamos a Cristo. Que cuando nadie nos vea, sigamos siendo fieles. Que cuando el camino sea difícil, perseveremos. Y que, como Moisés, tengamos nuestros ojos puestos en la recompensa. Porque al final, la pregunta no será cuánto tuvimos, cuánto alcanzamos o cuánto nos reconocieron, sino: ¿Qué consideramos verdaderamente valioso?

OREMOS: Señor, abre nuestros ojos para valorar lo que verdaderamente tiene valor eterno. Líbranos de buscarte solamente por lo que podemos recibir de Ti. Enséñanos a amarte aun cuando obedecerte implique renuncia, sacrificio, espera o sufrimiento. Danos perseverancia para seguir sirviendo cuando nadie nos aplauda y fidelidad para permanecer firmes cuando el camino se haga difícil. Que nuestros ojos no estén puestos solamente en lo que brilla aquí en la tierra, sino en la recompensa eterna que Tú has preparado para los que te aman. En el nombre de Jesús. Amén.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales



 
 
 

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