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El canto que abrió los cielos

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • 15 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Lucas 2:13-14


“Ángeles cantando están tan dulcísima canción, las montañas su eco dan, como fiel contestación: ¡Gloria, gloria a Dios en lo alto!” Este fue uno de los himnos favoritos de mi niñez. El templo retumbaba y las bancas parecían temblar por el sonido fuerte de las voces que cantaban a todo pulmón, dando gloria a Dios. Mi padre solía decir:

“Cuando el coro del cielo descendió a cantar, fue porque el Rey del cielo descendió a salvar”. Y cuánta razón tenía. 

Este cántico angelical no fue un adorno poético de la Navidad, sino un anuncio solemne de uno de los acontecimientos más grandes de la historia: Dios hecho hombre, descendiendo para reconciliar consigo a un mundo perdido. Meditemos en el mensaje de gloria y paz, cantado por el coro celestial:

Los ángeles proclamaron dos realidades eternas: Dios recibe gloria y los hombres reciben paz. 

Ellos dijeron: “Y en la tierra paz” (eirēnē), “a los hombres en quienes Él se complace” (eudokia). La traducción de la NVI lo expresa con claridad: “paz a quienes gozan de su buena voluntad”. Esto es muy importante: no se trata de la buena voluntad de los hombres hacia Dios, sino de la buena voluntad de Dios hacia los hombres.  Es el favor de Dios descansando sobre su pueblo. 

La Reina-Valera dice: “paz, buena voluntad para con los hombres”. Pero esta paz no es universal ni automática. La Escritura enseña que la paz de Dios se concede a quienes creen, pues solo ellos pueden agradarle. Como afirma Hebreos 11:6: “Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es galardonador de los que le buscan”.

La paz que Cristo compró: “¡Paz en la tierra!”, no es una paz superficial ni pasajera. Es la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento: paz entre un Dios santo y el hombre pecador,  paz comprada por Cristo con su propia sangre, paz ofrecida gratuitamente a toda la humanidad, paz que, una vez recibida en el corazón, transforma nuestras relaciones y que un día llenará toda la tierra.

¿Para quién es esta paz?  Es importante aclararlo: esta paz no se concede por buenas obras. La salvación “no es por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:9).

Gloria a Dios en lo Alto es un cántico que debe continuar: El mensaje navideño de los ángeles debería animarnos a cantar todo el año. Su cántico fue primero ascendente: “Gloria a Dios en las alturas”, y luego descendente: “paz en la tierra”.

Ese es también el orden correcto de nuestra vida cristiana: cuando Dios es glorificado, la paz fluye hacia nosotros. 

Si Dios ha obrado en tu corazón, si eres objeto de su favor, entonces tienes un cántico que cantar. La mejor parte ya te ha sido dada. Permítanme agregar algo más, con amor pastoral: es muy difícil experimentar esta paz si no cultivamos una comunión diaria con el Salvador. La paz que Cristo ofrece se fortalece cuando permanecemos cerca de Él, en oración, en Su Palabra y en comunión con el cuerpo de Cristo. Congregarnos no es una obligación fría, sino una oportunidad hermosa para darle gloria a Dios juntos, para adorarle, para recordar quién es Él y quiénes somos nosotros en Él. Allí nuestra fe se afirma y nuestra paz se renueva. Que en esta Navidad,y durante todo el año, no dejemos de unirnos al cántico de los ángeles: Gloria a Dios en las alturas… y en la tierra, paz.


Feliz Navidad

Martha Vílchez de Bardales

 
 
 

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