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El miedo que paraliza

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 24 horas
  • 4 Min. de lectura

La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo." Juan 14:27


Continúo con los hijos de la Biblia. En 2 Samuel capítulo cuatro encontramos la historia de un hijo de Saúl llamado Is-boset. Después de la muerte del rey Saúl y de Jonatán, Israel quedó dividido. David reinaba sobre Judá, pero Abner, el poderoso general del ejército de Saúl, tomó a Es-boset, hijo de Saúl, y lo estableció como rey sobre el resto de Israel. Aunque Is-boset tenía una corona sobre su cabeza, no tenía firmeza en su corazón. Era un hombre inseguro, dependiente y débil de carácter. Su fuerza no provenía de Dios, sino de Abner, el hombre que sostenía su reino. Mientras Abner estuvo a su lado, Is-boset se sintió seguro. Pero un día discutió con él y lo ofendió gravemente. Entonces Abner decidió apartarse de Is-boset y apoyar a David. Desde ese momento, el reino comenzó a derrumbarse.

La Biblia describe el estado de Is-boset con una frase muy triste: “Las manos se le debilitaron…”

Cuando supo que Abner había muerto en Hebrón, perdió completamente el ánimo. El miedo lo dominó, y todo Israel se llenó de temor también. Israel ahora estaba sin general y con un rey paralizado por la inseguridad. Is-boset reaccionó igual que su padre Saúl. Saúl tampoco había aprendido a buscar a Dios en medio de las crisis. Cuando veía peligro, su corazón temblaba. “Cuando Saúl vio el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y su corazón se turbó en gran manera.” 1 Samuel 28:5

Is-boset había puesto su confianza en un hombre y no en Dios. Por eso, cuando ese hombre desapareció, todo su mundo se vino abajo. Él sabía que no podría sostener su reino frente a David. Su ejército estaba debilitado y él no tenía valor interior. En lugar de levantarse y buscar dirección de Dios, se escondió en su habitación y se acostó en su cama. Así hacen muchas personas cuando tienen miedo: se paralizan, se esconden, pierden fuerzas y dejan de luchar. Pero mientras Is-boset descansaba, dos hombres de su propio ejército estaban tramando una traición. Se llamaban Recab y Baana, hijos de Rimón beerotita. Era mediodía, la hora más calurosa del día, cuando la gente acostumbraba descansar. Los dos hombres entraron a la casa de

Is-boset fingiendo buscar trigo. Aprovecharon que el rey estaba solo y descansando en su cama. Entraron hasta su habitación, lo hirieron, lo mataron y luego le cortaron la cabeza. Después huyeron toda la noche por el Arabá, atravesando caminos desiertos para no ser vistos. Llevaron la cabeza de Is-boset hasta Hebrón, pensando que David se alegraría con aquella noticia.

Al llegar, le dijeron: “He aquí la cabeza de Is-boset, hijo de Saúl, tu enemigo.” Pero David no se alegró. David jamás había deseado vengarse de Saúl ni de su familia. Aunque Saúl había intentado matarlo muchas veces, David había dejado la justicia en las manos de Dios. Aquellos hombres creyeron que estaban haciendo algo agradable delante del Señor, pero estaban equivocados. Habían derramado sangre inocente. 

David ordenó que fueran castigados por su maldad. Qué importante enseñanza hay aquí: nunca debemos hacer lo malo pensando que así ayudamos a Dios. El pueblo de Dios no vence con violencia, engaño ni venganza, sino confiando en la justicia del Señor.

La vida de Is-boset nos deja profundas enseñanzas: 

  • Tener posición no significa tener autoridad espiritual.

  • Una persona sin firmeza interior fácilmente será movida por otros.

  • El temor y la inseguridad debilitan el liderazgo.

  • Quien depende solo de las personas terminará derrumbándose.

  • Dios busca corazones valientes y dependientes de Él, no solamente títulos o apariencias.

Muchas veces he sido testigo del temor que sienten algunas madres cuando han puesto su seguridad emocional en otras personas, como un esposo, un jefe o alguien de quien dependen para sentirse protegidas. Mientras todo está bien, se sienten tranquilas; pero cuando llega un problema económico, una enfermedad, una traición o una pérdida, sienten que sus fuerzas se derrumban. Lo más triste es cuando una madre transmite esa misma inseguridad a sus hijos y forma personas dependientes, sin firmeza ni autoridad espiritual, que pasan la vida buscando quién las sostenga, como Is-boset.

Dios no quiere que una madre viva esclavizada ni paralizada por el miedo. Una madre que ora y busca a Dios aprende a fortalecerse en Él. Aunque las circunstancias cambien, su corazón permanece firme porque su confianza no está puesta en los hombres, sino en el Señor. También debemos enseñar a nuestros hijos a depender de Dios y no solamente de las personas. Ellos necesitan ver en casa una fe viva: una madre que, aun en medio de la crisis, levanta sus ojos al cielo y declara: “El Señor es mi ayudador; no temeré”.

Querida hermana, no permitas que el temor debilite tus manos. Busca cada día la presencia de Dios, y Él fortalecerá tu corazón para enfrentar cualquier batalla.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales


 
 
 

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