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“La caída del orgulloso y la gracia del humilde”

  • Foto del escritor: IB La Molina
    IB La Molina
  • hace 19 minutos
  • 3 Min. de lectura

“Mas cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria.” Daniel 5:20

Muchas personas se declaran bendecidas, victoriosas, y hasta súper ungidas, pero pocas se detienen a examinar si su corazón permanece realmente rendido delante de Dios. Declarar palabras de fe no reemplaza una vida de comunión, obediencia y dependencia del Señor. Cuando alguien cree que por repetir ciertas frases ya posee autoridad, favor o respaldo, corre el riesgo de poner su confianza en sí misma y no en Dios. Y allí, aunque parezca espiritual, puede esconderse el mismo orgullo que la Escritura confronta: un corazón que se exalta y olvida que fuera de Cristo nada puede hacer.

“Mas cuando su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino y despojado de su gloria.” Daniel 5:20
“Hay tres cosas que son pecado: ser orgulloso, creerse muy inteligente y vivir como un malvado.” Proverbios 21:4

Al leer esto, muchos podrían pensar: “Bueno, soy inteligente; orgulloso, solo un poco, porque algunos méritos sí tengo; ¿malvado? eso no.” Quizás eso mismo pensó Nabucodonosor II.

Babilonia alcanzó grandeza, poder y fama bajo su gobierno. Su reino se expandió tanto que muchos comenzaron a verlo como un dios, y él, neciamente, terminó creyendo en su propio renombre. Llegó al punto de exaltarse diciendo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” Pero en un instante perdió su reino. Su orgullo lo llevó a la humillación, y vivió como una bestia del campo. Solo después de pasar por ese tiempo de quebranto recobró el juicio. Entonces comprendió que nada de lo que tenía provenía de sí mismo, sino de Dios, y reconoció: “Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo; Él puede humillar a los que andan con soberbia.” Daniel 4:37.

Dios resiste al orgulloso. Humilla a quien vive confiando solo en sus fuerzas, a quien piensa que su inteligencia basta y a quien solo se acuerda de su Creador cuando necesita un milagro o espera recibir bendiciones. Por eso también Romanos 12:16 nos exhorta: “No sean orgullosos, sino traten como iguales a la gente humilde. No se crean más inteligentes que los demás.” El orgullo puede ser silencioso. A veces no se muestra en palabras, sino en la actitud de creer que lo logrado es únicamente fruto de nuestra capacidad. Olvidar que todo viene de Dios endurece el corazón y aleja al hombre de su dependencia del Señor. La humildad no es pensar menos de uno mismo, sino reconocer que todo don, toda oportunidad y toda victoria provienen de Su mano. Quien honra a Dios en la abundancia no tendrá que aprender por medio de la humillación lo que pudo entender por medio de la gratitud. Amadas hermanas el amor propio, entendido correctamente, no debe confundirse con orgullo ni autosuficiencia. Reconocer nuestra dignidad como hijas de Dios no significa proclamarnos fuertes por nosotras mismas, ni asumir que somos invencibles o merecedoras de bendición por declaración propia. Todo lo que somos y recibimos proviene únicamente de la gracia del Señor.

Existe el riesgo de que, al repetir constantemente frases sobre “declararse bendecida”, “vencedora” o “poderosa”, algunas personas desplacen el centro de la fe: ya no la dependencia de Dios, sino una confianza excesiva en sus propias palabras o en una apropiación aislada de ciertas promesas bíblicas. La Escritura no nos enseña a sostenernos en declaraciones vacías, sino en una comunión real y diaria con el Señor. La actitud que corresponde delante de Dios es la humildad: postrarnos ante Él, reconocer nuestra fragilidad, buscar su rostro, recibir su perdón y descansar en su amor.

No necesitamos proclamarnos algo para serlo; necesitamos permanecer en Cristo. Solo en esa relación viva con Él encontramos verdadera fortaleza, porque separados de Dios nada podemos hacer. Ser bendecidas no es algo que se afirma para que ocurra, sino una realidad que nace de vivir en obediencia, arrepentimiento y dependencia de la voluntad de Dios. La vida cristiana no consiste en apropiarse de promesas sueltas, sino en caminar cada día con el Señor, sabiendo que toda victoria y toda gracia vienen de Él y no de nuestra propia capacidad.

Con mucho amor.

Martha Vílchez de Bardales

  



 
 
 

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