Madres que no se rinden
- IB La Molina

- 20 ene
- 3 Min. de lectura
“La aflicción me abruma; mi corazón desfallece. Por la herida de mi pueblo estoy herido; estoy de luto, el terror se apoderó de mí. ¡Ojalá mi cabeza fuera un manantial y mis ojos una fuente de lágrimas, para llorar de día y de noche por los hijos de mi pueblo! Lloraré y gemiré por los montes, me lamentaré por los prados del desierto. Así dice el Señor: Que no se gloríe el sabio de su sabiduría, ni el poderoso de su poder, ni el rico de su riqueza. Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe de conocerme y de comprender que yo soy el Señor, que actúo en la tierra con gran amor, derecho y justicia, pues es lo que a mí me agrada, afirma el Señor.” Jeremías 8-9

“Mi corazón desfallece... ¡Ojalá mi cabeza fuera un manantial y mis ojos una fuente de lágrimas!” Estas palabras del profeta no son solo literatura; son el eco del dolor de Dios por Su pueblo. Como madres que nos reunimos cada lunes a orar por nuestros hijos y por el Perú, nos identificamos plenamente con este sentir. En nuestra oración virtual, el dolor se mezcla con la esperanza, sabiendo que nuestro clamor no se detiene en el techo, sino que llega directo al trono de la Gracia. Les explico, los días lunes hemos empezado a reunirnos con un hermoso grupo de madres a orar por los hijos nuestros y los hijos del Perú. Es una reunión virtual y a la cita entramos madres que hemos tomado la decisión de no rendirnos ante la situación espiritual de los nuestros, creemos y declaramos la Promesa de Dios que nuestras generaciones serán hijos, siervos y discípulos de Jesucristo. Cuando oramos hay algo muy profundo que sale de nuestro corazón y nos identifica, es el dolor mezclado con esperanza, pero nuestro clamor no es algo que llega solo al techo, va directo al corazón de Dios.
En Jeremías 8 y 9 se revela con gran intensidad el dolor de Dios por su pueblo. El profeta describe ese sufrimiento con palabras profundas como aflicción, desfallecimiento, luto, herida, llanto, gemidos y lamentos, mostrando el corazón quebrantado del Señor ante la desobediencia de su nación elegida.
Como madres, es imposible no identificarnos con este clamor cuando vemos a nuestros hijos alejarse del Señor. Así como Dios sufre por los suyos, también nosotras sentimos un dolor hondo al ver que los nuestros se apartan del propósito divino. Pero no podemos quedarnos solo en la identificación emocional.
La respuesta correcta es la oración perseverante, clamar sin cesar con todo el corazón y pedir al Señor que tenga misericordia de ellos.
La resignación no es un acto de fe; por el contrario, es una forma de rendirse y renunciar a luchar espiritualmente por nuestros hijos. Quedarse esperando pasivamente que algo suceda no es confiar en Dios, es abandonar la intercesión que Él nos llama a hacer. Nuestra tarea es seguir orando, creyendo y actuando en fe, sin soltar a nuestros hijos, hasta ver cumplido en ellos el propósito de Dios. Aunque hoy no veamos cambios, aunque el dolor nos visite y las lágrimas broten, seguimos de pie delante del Señor, recordándole Sus promesas y confiando en Su amor. Porque nuestro clamor no es en vano: Dios escucha, Dios responde y Dios obra.
¡Nuestro clamor tiene destino y nuestras oraciones tienen respuesta!
Madres de rodillas, hijos de pie como siervos de Dios.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales
Coordinadora: Despierta Débora Perú
PD. Pronto tendremos nuevos manuales de oraciones con la Palabra de Dios.









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