Un espejo llamado Gracia
- IB La Molina

- 27 ene
- 3 Min. de lectura
"Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó." Lucas 15:20

Mi nieto Santiago hace cosas que alegran mi corazón cada día. En Navidad le regalé una espada y un escudo. No lo hice para que se volviera violento ni peleador, sino porque le encanta que su abuelo le cuente historias de la Biblia: David como guerrero, Josué conquistando Jericó, Sansón venciendo con la fuerza que Dios le daba, o Moisés guiando al pueblo de Israel. Con sus pequeñas “armas” en la mano, Santiago se para frente al espejo y hace poses de victoria, como si él mismo fuera parte de esas historias.
Recuerdo que cuando era más pequeño se miraba al espejo con asombro, abría los ojos sorprendido, como si pensara que allí había otro niño. Pero ahora ya se reconoce. Ya sabe que ese reflejo es él. Y al verlo, entendí algo profundo: así es como Dios quiere que nos acerquemos a su Palabra.
La Biblia es como un espejo. La Escritura misma nos lo dice:
“Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural; porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella… este será bienaventurado en lo que hace.” (Santiago 1:23–25)
Así como Santiago se ve en el espejo y se identifica con los héroes de las historias que escucha, Dios nos invita a mirarnos en su Palabra y reconocernos a nosotros mismos. No para juzgarnos superficialmente, sino para permitir que Él nos muestre nuestro corazón.
La parábola del hijo pródigo es también un espejo. Al principio creemos que estamos leyendo la historia de otros: de un hijo rebelde, de un hermano duro de corazón, de una familia ajena a la nuestra. Observamos y quizá juzgamos. Pero cuanto más miramos, más reconocemos algo familiar. Con humildad, y a veces con dolor descubrimos que ese reflejo también habla de nosotros. Esta historia no solo revela cómo pueden actuar los hijos cuando se alejan, sino también cómo reaccionan quienes aman, esperan y oran.
Jesús nos mostró que Dios es Padre, y pocas historias revelan su corazón con tanta ternura como la parábola del hijo pródigo y la del hijo mayor. Este relato no es simplemente la historia de dos hijos, sino la revelación de un Padre que ama, espera y sufre. Aquel a quien llamamos Jehová, el Todopoderoso y el gran Yo Soy, se deja conocer aquí como un Padre cercano y compasivo. Jesús insiste una y otra vez en esta verdad, porque sin ella la parábola pierde su sentido. Cuando entendemos quién es el Padre, entendemos todo lo demás.
La parábola está marcada por la espera. Un padre que sufre la ausencia y permanece atento al camino. No es una espera pasiva ni resignada, sino una espera llena de amor, esperanza y expectativa. El padre no persigue, pero tampoco deja de esperar. No se endurece ni se desconecta. Su corazón permanece abierto.
Para las madres que claman por hijos lejos de Dios, este pasaje trae un llamado claro: nuestra responsabilidad no es rendirnos, sino perseverar en la oración, sostener la esperanza y confiar en que el Padre celestial sigue obrando, aun cuando no vemos resultados inmediatos. La espera, cuando está anclada en la fe, nunca es estéril.
Y mientras observo a Santiago frente al espejo, espada y escudo en mano, entiendo que Dios desea lo mismo de nosotros cuando abrimos su Palabra. Que no solo leamos historias antiguas, sino que nos veamos reflejados en ellas. Que reconozcamos nuestras luchas, nuestras caídas y también nuestra esperanza. La Biblia no es un libro para mirar de lejos, sino un espejo en el que Dios nos muestra quiénes somos y, sobre todo, quién Él es. Siempre que abras la Biblia acercate con un corazón dispuesto a mirarte con honestidad, sabiendo que el mismo Padre que se revela en esta historia es el que hoy nos espera con amor.
Martha Vílchez de Bardales









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