Moldeados como el barro
- IB La Molina

- 12 ago 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 25 ago 2021
“El Señor le dio otro mensaje a Jeremías: Baja al taller del alfarero y allí te hablaré. Así que hice lo que me dijo y encontré al alfarero trabajando en el torno; pero la vasija que estaba formando no resultó como él esperaba, así que la aplastó y comenzó de nuevo. Después el Señor me dio este mensaje: ¡Oh, Israel! ¿No puedo hacer contigo lo mismo que hizo el alfarero con el barro? De la misma manera que el barro está en manos del alfarero, así estás en mis manos. Si anuncio que voy a desarraigar, a derribar y a destruir a cierta nación o a cierto reino, pero luego esa nación renuncia a sus malos caminos, no la destruiré como lo había planeado. Y si anuncio que plantaré y edificaré a cierta nación o a cierto reino, pero después esa nación hace lo malo y se niega a obedecerme, no la bendeciré como dije que lo haría.” Jeremías 18:1-10

Los judíos tenían mucha confianza de contar con el favor de Dios, pero esta confianza tenía un defecto, se sentían protegidos, seguros y hasta se gloriaban de ser salvos, pero al mismo tiempo despreciaban a Dios porque no le obedecían. El Señor quería darles un propósito diferente a las demás naciones, los eligió para ser su nación santa, bendecidos con una herencia sagrada, les dio sus preceptos justos para que sean protegidos de todo mal, pero ellos descuidaron su ley.
¿Por qué se sentían tan confiados? por el pacto que hizo Dios con el padre Abraham, pero en ese trato había una estipulación mutua: que la raza de Abraham debía servir fielmente a Dios, ya que Dios estaba preparado para cumplir todo lo que había prometido; porque era la ley perpetua del pacto, "Camina delante de mí y sé perfecto" (Génesis 17:1)
Como los judíos pensaban que Dios estaba ligado a ellos por un pacto inviolable, un trato con juramento eterno, entonces se hicieron autosuficientes y rechazaron con orgullo a todos sus profetas, y se contaminaron con las naciones paganas, fue en esta situación que Dios le dijo a Jeremías que vaya a la casa del alfarero,
Un alfarero es como un artista, como tiene la habilidad de manejar la arcilla, el torno y los demás elementos para fabricar la vajilla, una vez que tiene todo en sus manos empieza su trabajo con destreza, sigue su trabajo, imagino con cariño porque al darle los bordes exactos, está pensando en la ama de casa que lo usará para preparar sus potajes, o cuando prepara el asa de la vajilla está pensado en el niño que lo llevará en sus pequeñas manos, por lo tanto debe ser del tamaño exacto para que no se le caiga. El alfarero hace todo pensando en que su objeto creado sea útil, bello, valioso e imprescindible para todos, todo eso vio Jeremías.
Lo imagino al profeta observando cada detalle de la obra maestra del alfarero, pero de pronto, la sonrisa del artesano se volvió una mueca de fastidio, Jeremías no entendió qué estaba pasando, hace un momento el artista estaba tranquilo y feliz fabricando distintos artefactos, vio como del barro apareció una hermosa olla, una taza perfecta, una plato adornado; pero ahora, el alfarero está luchando y sus gestos denotan esfuerzo y hasta frustración, entonces Jeremías baja sus ojos hacia el barro, ¡es este el problema! un pedazo de barro parece no cooperar, parece más grumoso, más duro, entonces el alfarero le pone más agua, lo vuelve a preparar, pero nada, el barro sigue imperfecto, lo vuelve a intentar, ahora le pone más arcilla, más ingredientes que ayuden, parece que ahora sí está listo para dejarse moldear, empieza entonces a elaborar una fina jarra, ya casi está terminando, y de pronto parece que este barro tiene vida propia porque se resiste a ser creado, se distorsiona a propósito, se vuelve como agua en las manos del alfarero, no le queda más remedio al señor que romperla para volver a empezar.
Si nos examinamos a nosotros mismos, todos encontraremos que muchas veces somos como el barro terco en manos del perfecto alfarero, es el orgullo, que es innato en nosotros, lo que no permite al Señor cumplir sus santos propósitos en nuestra vida, Él nos vuelve a limpiar, quita las imperfecciones, pero cuál barro necio, no cooperamos y hacemos lo que nos da la gana, se nos sale esa personalidad rebelde y aunque el Señor nos atrae a sí mismo para corregirnos, queremos escaparnos de sus manos porque consideramos que nuestra voluntad es mejor.
¿No puedo yo, como alfarero, cambiarte? Dijo el Señor. Sin duda, estamos en la mano de Dios, como el barro en la mano del alfarero; es decir, Dios tiene el poder sobre nosotros para corregirnos como el alfarero sobre su obra y sus vasijas de barro.
¿Puedes entender que las palabras de Dios a Israel se aplican a tu vida perfectamente?
Los hombres son muy necios cuando se ponen orgullosos de su actual condición próspera y piensan que están, por así decirlo, en un estado de seguridad por su propio esfuerzo, cuando es sólo Dios quien te hizo apto para tener lo que has alcanzado. Dios es quien te formó a su imagen y semejanza para que seas agradecido con Él. Los judíos abusaron del privilegio con el que Dios había favorecido a Abraham y a toda su posteridad; por tanto, era una advertencia del todo necesaria. Y es una advertencia también a nosotros para no dejarnos engañar por el orgullo de la autosuficiencia.
Era necesario que el Profeta bajara a la casa del alfarero para que después le enseñe a los judíos la necedad de confiar en sí mismos. Israel se echó a perder a sí mismo moral y espiritualmente delante de Dios. Y esta enseñanza está delante de nuestros ojos para que nos veamos a nosotros mismos y dejemos la terquedad y seamos sumisos al Señor.
Con amor
Martha Vílchez de Bardales
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