¿Quién está formando el corazón de tus hijos?

"Levántense durante la noche y clamen. Desahoguen el corazón como agua delante del Señor. Levanten a él sus manos en oración, y rueguen por sus hijos". Lamentaciones 2:19

Hay una pregunta que como madres puede incomodarnos, pero que necesitamos hacernos: ¿Quién está formando el corazón de nuestros hijos? No solamente quién los está educando. No solamente quién les está enseñando matemáticas, ciencias o idiomas. No solamente quiénes son sus profesores o sus amigos. ¿Quién está formando lo que ellos aman, lo que ellos valoran, lo que consideran correcto, lo que les causa gracia, la manera en que tratan a los demás y las decisiones que toman cuando nadie los está mirando?
En mi familia somos once hermanos. Los últimos cuatro estudiábamos en el mismo colegio: dos varones, Josué y David, que estaban en secundaria, y Ruth y yo, que estábamos en primaria. Mis padres eran personas muy ocupadas. Además de ser comerciantes, tenían una iglesia que pastorear. Ellos confiaban mucho en nosotros. No recuerdo a mi madre interrogándonos constantemente para saber si nos habíamos portado bien, con quién habíamos estado o si había ocurrido algo malo. Gracias a Dios, terminamos el colegio sin grandes dramas. Pero los tiempos han cambiado, y hoy estamos frente a situaciones que nos obligan a mirar la crianza con mayor atención. Las noticias que recientemente han estremecido al Perú sobre hechos de violencia y abuso entre escolares nos han dejado profundamente preocupados. Hay familias sufriendo, hay víctimas que necesitan justicia y protección, y también hay familias enfrentando las consecuencias de lo que sus hijos hicieron. Y esto debería llevarnos a preguntarnos: ¿Qué haríamos si un día el colegio nos llamara y nos dijera: “Su hijo está involucrado en algo muy grave contra otro alumno”. Probablemente nuestra primera reacción sería: ¡Mi hijo no puede haber hecho eso! Y es comprensible. Las madres conocemos a nuestros hijos desde que nacieron. Los hemos cargado, cuidado, llevado al colegio, llevado a la iglesia, hemos orado por ellos, hemos llorado con ellos y por ellos. Pero hoy quiero que nos hagamos una pregunta todavía más profunda: ¿Realmente conocemos el corazón de nuestros hijos? Podemos saber qué notas sacaron. Podemos saber dónde están. Podemos saber con quién salen. Podemos saber qué deporte practican. Pero…¿Sabemos cómo hablan cuando están con sus amigos? ¿Sabemos qué consideran gracioso? ¿Sabemos qué cosas comparten en sus chats? ¿Sabemos si alguna vez se han reído de alguien que estaba sufriendo? ¿Sabemos si alguna vez participaron en una humillación simplemente porque todos los demás lo estaban haciendo? ¿Sabemos si tienen miedo de quedar fuera del grupo? ¿Sabemos si sienten que necesitan demostrar que son fuertes? ¿Sabemos si están aprendiendo que tener poder sobre alguien les da derecho a utilizarlo? ¿Sabemos qué hacen cuando nosotros no estamos? Estas preguntas no tienen como propósito llenarnos de miedo ni convertirnos en madres desconfiadas que vigilan cada movimiento de sus hijos. Nos invitan a algo mucho más importante: a conocer su corazón para poder pastorearlo. Porque la crianza cristiana no consiste únicamente en enseñarles a nuestros hijos qué deben hacer. La historia de los hijos de Elí es especialmente poderosa porque nos muestra que crecer alrededor de las cosas de Dios no significa necesariamente tener un corazón rendido a Dios. La Biblia dice acerca de Ofni y Finees: “Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová.” 1 Samuel 2:12. ¡Qué frase tan fuerte! Eran hijos de un sacerdote. Crecieron alrededor del tabernáculo. Conocían las cosas religiosas. Vivían cerca del lugar donde se adoraba a Dios. Pero sus corazones no habían sido formados para honrar al Señor. Y aquí aparece una pregunta que debemos hacernos como madres: ¿Es suficiente que nuestros hijos crezcan en la iglesia para que su corazón sea formado por Dios? No. Pueden escuchar predicaciones, participar en la escuela dominical, crecer rodeados de creyentes. Y aun así estar siendo discipulados profundamente por otras voces. Porque nuestros hijos están recibiendo formación todo el tiempo. Los amigos forman. Las redes sociales forman. Los videos forman. La música forma. Los influencers forman. Los grupos de WhatsApp forman. La cultura forma. Y nosotros, como padres, también estamos formando. La pregunta no es si nuestros hijos están siendo formados. La pregunta es: ¿por quién?. Pero en medio de esta historia aparece otro joven: “Y el joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí.” 1 Samuel 3:1. Samuel también creció en un ambiente imperfecto. Pero su corazón estaba siendo orientado hacia Dios. Esto nos recuerda algo muy importante: Nuestros hijos no necesitan una familia perfecta; necesitan padres que asuman seriamente la responsabilidad de formar sus corazones y dirigirlos continuamente hacia Dios.
Antes de terminar, quiero contarles algo muy personal. Al principio de esta meditación les conté que, durante mis años escolares, estudiábamos en el mismo colegio cuatro de los once hermanos: dos de mis hermanos mayores estaban en secundaria, mientras mi hermana Ruth y yo estábamos en primaria. Sin embargo, hay algo que ellos probablemente nunca supieron. Durante casi toda mi primaria, y aun después en secundaria, hubo un muchacho de mi salón que se burlaba constantemente de mí. Para él, el hecho de que yo fuera “evangélica” era motivo suficiente para hacerme objeto de sus burlas. Encontraba diferentes maneras de ponerme apodos, inventar adjetivos y humillarme delante de los demás. Y yo sufría. Recuerdo la angustia que sentía cada vez que comenzaba un nuevo año escolar y sabía que tendría que volver a encontrarme con él. Era una carga que llevé en silencio. Lo más impresionante es que creo que ni mis padres llegaron a saber realmente lo que estaba viviendo. Yo seguía yendo al colegio, estudiando, cumpliendo con mis responsabilidades y aparentemente todo estaba bien. Pero por dentro, mi corazón estaba herido. Hoy, al leer los comentarios de tantos exalumnos de diferentes colegios que recién muchos años después se atreven a hablar y reconocer la vergüenza, el dolor y las heridas que les dejó haber sufrido bullying, pienso que como padres necesitamos asumir una responsabilidad todavía mayor: aprender a escuchar el corazón de nuestros hijos. Porque un niño puede llegar a casa, hacer sus tareas, sentarse a comer y responder “estoy bien”, mientras por dentro está preguntándose: “¿Por qué se burlan de mí?”“¿Qué tengo de malo?”“¿Por qué nadie me defiende?”“¿Hasta cuándo tendré que soportar esto?” Por eso no siempre basta con preguntar: “¿Cómo te fue en el colegio?” Tenemos que aprender a hacer preguntas que lleguen más profundo. Y, sobre todo, tenemos que crear en nuestros hogares un lugar seguro donde nuestros hijos sepan que pueden hablar sin miedo a ser juzgados, minimizados o reprendidos. Quizá nuestros hijos no necesitan primero una solución.
Quizá necesitan primero saber que alguien los escuchó, les creyó y está dispuesto a caminar con ellos.
Porque algunas heridas de nuestros hijos no se ven en el uniforme, no aparecen en las notas y no siempre dejan marcas en la piel. Pero Dios puede permitirte escuchar lo que otros nunca llegaron a escuchar.
Que nunca estemos tan ocupadas mirando lo que nuestros hijos hacen, que dejemos de escuchar lo que sus corazones están viviendo.
Con amor:
Martha Vílchez de Bardales




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