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Tus fuerzas pueden llevarte lejos de Dios

Foto del escritor: IB La Molina
IB La Molina
23 sept
4 min de lectura

“Él guarda los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas; porque nadie será fuerte por su propia fuerza.” 1 Samuel 2:9

La vida es preciosa siendo abuela. Hace poco tuve la alegría de recibir en casa a mi segundo nieto, Darius, quien vino al Perú para celebrar su primer año. Pero no llegó gateando ni caminando sostenido de la mano de su padre; llegó caminando solo. Darius comenzó a pararse a los nueve meses y, a los diez, ya daba sus primeros pasos tomado de la mano de su mamá. Durante su visita tuvimos que vigilarlo constantemente, porque no solamente caminaba: corría como si alguien lo persiguiera. Y así, entre pasos firmes, tropiezos y algunas caídas, siguió aprendiendo. Mientras lo observaba, pensé en nuestra vida cristiana. Cuando comenzamos a caminar con Cristo necesitamos ser guiados, enseñados y corregidos. Necesitamos la Palabra de Dios, el consejo de creyentes maduros y el cuidado pastoral. Pero, sobre todo, necesitamos recordar que nuestros pasos están bajo la mirada de Dios. Ana descubrió esta verdad de una manera muy profunda. Después de años de dolor, aflicción y frustración, había aprendido que su esperanza no estaba en sus propias fuerzas, sino en el Dios a quien había acudido. Por eso, cuando finalmente pudo experimentar la respuesta de Dios, su oración se convirtió en un canto de adoración.

Ana no estaba simplemente celebrando que Dios le había concedido lo que había pedido. Había aprendido algo mucho más profundo acerca de quién es Dios. Ella podía mirar su propia historia y reconocer que el Señor había estado obrando aun cuando ella no podía verlo.

Por eso declaró: “Él guarda los pies de sus santos... porque nadie será fuerte por su propia fuerza.” La palabra hebrea utilizada para “guardar” es shamar, que significa guardar, vigilar, proteger, cuidar.

Qué hermosa imagen: Dios no solamente conoce nuestro destino; también está atento a nuestros pasos. Él conoce el camino que recorremos, los lugares donde podemos tropezar, las trampas que no alcanzamos a ver y las pruebas que todavía no sabemos cómo enfrentar. Él conoce nuestras debilidades y sabe exactamente dónde necesitamos de su cuidado. Judas expresa esta misma confianza cuando dice que somos “guardados para Jesucristo”. ¡Qué maravilloso saber que no caminamos solos!.

El Señor cuida los pies de sus hijos como un padre cuida los pasos de un pequeño que está aprendiendo a caminar. Cuando tambaleamos, Él puede sostenernos. Cuando tropezamos, puede levantarnos. Cuando estamos a punto de caer, su mano puede sostenernos.

Pero aquí hay una verdad que necesitamos considerar seriamente: que Dios cuide nuestros pasos no significa que podamos caminar lejos de Él y esperar que su protección sea una excusa para vivir según nuestras propias fuerzas. La promesa de 1 Samuel 2:9 no dice que Dios bendice nuestra autosuficiencia. Dice que Él guarda los pies de sus santos. Y un santo no es simplemente alguien que un día hizo una oración de fe. Es una persona que pertenece a Dios, que le teme, que busca obedecerle y que reconoce que su vida depende de Él.  Aquí es donde necesitamos detenernos y preguntarnos:

¿Realmente estoy caminando con Dios o solamente estoy pidiéndole que bendiga el camino que yo escogí?

Podemos pasar gran parte de nuestra vida luchando por alcanzar nuestras metas, construir nuestros proyectos, aumentar nuestros ingresos, mejorar nuestra posición, adquirir bienes y alcanzar aquello que consideramos éxito. Podemos decir que todo lo hacemos “con la ayuda de Dios”, pero en la práctica darle solamente las sobras de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas y de nuestra atención. Entonces debemos preguntarnos con honestidad: ¿dónde está Dios en nuestra agenda? Quizás tenemos tiempo para tantas cosas durante la semana, pero no encontramos un día para congregarnos. Tenemos fuerzas para trabajar, viajar, divertirnos y atender nuestros propios asuntos, pero no encontramos tiempo para servir al Señor. Podemos esforzarnos por alcanzar nuestras metas económicas, pero consideramos demasiado difícil honrar a Dios con nuestros diezmos y ofrendas. Podemos dedicar horas a las cosas de este mundo y, sin embargo, sentir que unos minutos de oración y lectura bíblica ya son suficientes. Y quizá exteriormente parezca que todo está funcionando. Tenemos logros. Tenemos bienes. Tenemos proyectos. Tenemos reconocimiento. Tenemos una vida que desde afuera puede parecer exitosa. Pero existe un peligro: podemos tener éxito en aquello que nos propusimos y, al mismo tiempo, estar alejándonos de Dios. Ese es el éxito de apariencia del que necesitamos cuidarnos. 

Porque podemos avanzar profesionalmente y retroceder espiritualmente. Podemos ganar más dinero y tener menos tiempo para Dios. Podemos construir una casa hermosa y descuidar el altar familiar. Podemos alcanzar metas importantes y perder sensibilidad espiritual. Podemos llenar nuestras manos de cosas y dejar vacío nuestro corazón. Por eso la Palabra dice: “Nadie será fuerte por su propia fuerza”. Zacarías 4:6 nos recuerda:

“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos”.

Qué diferente es nuestra manera de pensar. Nosotros queremos demostrar que somos fuertes. Dios quiere enseñarnos a depender de Él. Tal vez hoy estás luchando con todas tus fuerzas para sostener tu vida. Tal vez estás tratando de resolverlo todo, alcanzar todas tus metas y controlar cada circunstancia. Y quizás has conseguido muchas cosas. Pero hoy Dios te pregunta: ¿qué lugar estoy ocupando en tu vida? Porque la verdadera seguridad no consiste en tener suficientes fuerzas para enfrentar la vida. La verdadera seguridad consiste en saber que nuestra vida está en las manos de Aquel que tiene toda la fuerza.

Darius aprendió a caminar porque alguien estaba cerca para sostenerlo. Nosotros también necesitamos aprender a caminar tomados de la mano del Señor. Nadie es fuerte en su propia fuerza. Pero quien aprende a depender de Dios descubre que la gracia del Señor siempre es suficiente para sostener sus pasos.

Con amor

Martha Vílchez de Bardales



 
 
 

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